SISTEMAS COMPLEJOS, TEORÍA DEL CAOS Y NUEVOS MODELOS... ¿POSIBLES? DE REALIDADES.
Platón
en El Sofista nos pone de frente con
la contraposición clásica (y tramposa) entre idealismo y/o materialismo. Frente a lo
corpóreo, lo medible y lo cuantificable se le opone lo inteligible, lo metafísico y lo normativo. Platón contrapone esta cosmovisión con su más que conocida
teoría de las formas, donde lo material funciona como modelo o arquetipo de una
verdad metafísica superior; las ideas, ese lugar elevado e invisible. Frente aquello que es grande, tenemos la grandeza; lo grande
imita o participa de la idea de grandeza, que es más perfecta porque la idea es
eterna e inmutable, a diferencia de lo material. Este mundo de las ideas nos
ofrece una jerarquía de verdades metafísicas que asciende de forma gradual
hasta llegar al summum bonum, la idea
del Bien, idea de todas las ideas que lo gobierna todo.
De
ahí que Gilles Deleuze interprete este dualismo platónico como una filosofía de
la jerarquía. Platón es concebido como el primer idealista cuando realiza la
distinción de estas dos realidades. Frente a esta cosmovisión, Deleuze alega que no hay modelos superiores, sino que lo que hay en la estructura de lo real
es una proliferación de diferencias. Por tanto, la filosofía de Deleuze, el
proyecto que lleva a cabo, es un proyecto de crítica a la filosofía de la
trascendencia, de la representación. Deleuze va a tratar de “invertir el platonismo”,
asumir que la realidad material está hecha de diferencias sin modelo, donde no
hay ese dualismo entre materia e idea sino donde el mundo está compuesto por
simulacros. Podemos traducir simulacro como aquello que no acepta el modelo de
copia, un modelo que no está sujeto a una realidad superior e inteligible, como
nos plantea Platón en El Sofista.
Como veníamos diciendo, el platonismo plantea una jerarquización ontológica en
el que hay modelo y copia; la idea funciona como modelo y la materia como
copia, pero donde lo importante es el modelo en Platón, el eidos. Lo que hará Deleuze es impugnar esta lógica del modelo y la
copia, de la jerarquización ontológica. Frente a esa idea de modelo y copia, se
presenta la idea de impugnación de la jerarquización ontológica y la propuesta
de la idea de simulacro.
Simulacro es alterar el orden del mundo, el orden ontológico y moral. La
crítica que se realiza al simulacro es que nos sitúa ante el pavor de un
desorden moral que no suponga jerarquías. Pretende la instauración de un orden
más allá del bien y del mal, en el que no haya un bien y un mal definidos que
sirvan de base para la construcción de un marco moral. Se trata de la
perversión del modelo, de la construcción de un modelo diferente.
Las
construcciones de modelos diferentes de realidad ha sido una constante en la
historia de la humanidad y en múltiples ámbitos, como la ciencia, la filosofía
o la estética. Vemos como especialmente a partir de los siglos XIX y XX
empiezan a erosionarse los paradigmas y la cosmovisión del mundo moderno
empieza a ser cuestionada. Aparecen indicios que socavan la concepción del
mundo y aquello que considerábamos como certero comienza a resquebrajarse. Por
ejemplo, Laplace dijo que, si pudiéramos conocer el estado del universo en un
determinado momento, entonces podríamos predecir el futuro. De alguna forma el
universo es una máquina cuyos procesos podemos anticipar. Luego apareció Heinsenberg con su principio de indeterminación, alegando que el observador
genera interferencias en aquello que observa. En definitiva, lo que conocemos
es algo modificado por nuestro conocimiento. Es decir, el científico al
investigar lo hace investigando una realidad que él mismo ha modificado con su
interacción. Pasamos de una especie de determinismo en Laplace que nos permite
predecir y conocerlo todo a la imposibilidad real de conocer algo fehaciente e
independientemente de todo lo demás en Heinsenberg.
No
obstante, hay un elemento que no tiene que ver tanto con Laplace y Heisemberg,
pero que redunda en esta misma idea, y esa es la teoría del caos, más conocida
como el efecto mariposa. Una mariposa bate las alas en Pekín, y acaba
produciendo un tornado en la costa oeste de California. O lo que es lo mismo:
una serie de pequeñas interferencias en las condiciones iniciales de un sistema
puede llegar a provocar resultados y consecuencias extremas. La diferencia con
el determinismo de Laplace es autoevidente. Digamos que lo que propone Laplace
es que el universo funciona como una gigantesca partida de bolas de billar,
donde el momento en el que surge el cosmos es el momento en el que se golpean
las bolas de billar, y éstas no pueden elegir hacia dónde ir. Las bolas ya
están determinadas a ir a un lugar en concreto, hay un orden subyacente que se
produce en el momento en el que se golpean las bolas; de ahí que a través de
aparatos que redacten sistemas complejos por medio de dinámicas lineales se
pueda calcular la trayectoria impulsada en el momento del golpeo, pudiendo
predecir dónde exactamente acabarán las bolas de billar. Podemos, en efecto,
conocer la fuerza con la que se impulsó la bola y su masa, y calcular los
ángulos hacia los que las bolas saldrán rebotadas, prediciendo de este modo el
comportamiento y la trayectoria de la bola. Lo que nos dice la teoría del caos
es que no podemos predecir realmente a dónde irán las bolas, porque siempre
puede haber algún tipo de interferencia que, ojo, no es provocada por la
presencia humana, como sucede en Heisenberg. Ya sea a través de imperfecciones
en la superficie de la bola, hendiduras de nivel en el tapete de la mesa, una
descompensación en la masa de alguna de las bolas… producirán efectos que
acabarán con esos cálculos precisos en un instante, pero vemos como no ha sido
necesaria la interferencia o voluntad humana del científico. Todo esto redunda
en la idea de que los comportamientos son absolutamente impredecibles, y que,
si podemos producir nuevos mundos, nuevos modelos de realidades, éstos siempre
estarán sujetos a comportamientos impredecibles que pongan en jaque su
estructura interna. Ante la creación de un nuevo modelo de realidad, siempre podrá
surgir un accidente no provocado que cambie por completo la predicción que se
tenía de esa realidad.
Los
sistemas complejos como los que promete Deleuze, como esa suerte de rizoma
donde se conjuntan conceptos y contradicciones, ajeno a jerarquías, donde
aparecen los conceptos de diferencia, repetición, simulacro, como un todo
unificado en el que estos mismos conceptos se entrelazan entre sí generando una
coherencia interna que nos permite entenderlos en su relación… bueno, siguiendo
la teoría del caos, por una parte podremos decir que está condenado al fracaso
(más adelante veremos que comparten una serie de similitudes), porque los sistemas
complejos, si bien pueden crearse, no se pueden controlar, y la naturaleza no
se puede transformar de forma radical. Entrando en los cambios de paradigma en
la filosofía, ha sido una constante a partir de la modernidad, desde ese hombre
maquínico cartesiano, el modelo del
hombre como transformador de la naturaleza. La idea de que al hombre no le
basta con entender la naturaleza, sino que también puede transformarla a su
antojo y dominarla. La teoría del caos rompe con esto, porque los sistemas y
empresas tan complejos cambian de forma súbita e impredecible.
Cuando
Deleuze pretende generar un nuevo paradigma, esto no implica que haya una
voluntad necesariamente de cambiar, simplemente puede suceder o que el modelo
explicativo de la realidad ha quedado obsoleto y de ahí que se haya producido
un cambio, o que haya surgido una anomalía en el seno del paradigma que también
genere cambios (de hecho, esta es la manera más plausible de concebir cambios
en los paradigmas, tal y como ya predijo Khun; lo cual se asemeja mucho a la
teoría del caos). La época medieval del feudalismo, de los dogmas cristianos,
del oscurantismo inquisidor… cayó ante el nuevo modelo predictivo de la
ciencia. Pero, si somos justos, el medievo se deshizo porque quedó obsoleto,
tanto en lo económico, como en lo político, como en lo social, y porque a su
vez aparecieron elementos materiales que cambiaron las condiciones materiales
de la época tales como la brújula, el papel o la imprenta. Estas apariciones
condicionaron el desarrollo de la ciencia permitiendo a su vez la
conceptualización de un modelo explicativo de realidad científico alejado de
consideraciones teológicas, lo cual supuso que el modelo de explicación de la
realidad medieval quedase obsoleto. El materialismo cultural es partidario de
esta cosmovisión del cambio. Los cambios sociales solo son posibles en la
medida en que aparece un nuevo elemento en las condiciones materiales que
determina y trastoca la mentalidad de la época, algo que es perfectamente
compatible con la teoría del caos. Digamos que, siguiendo el materialismo
cultural, los cambios materiales son la causa de que se produzcan los cambios
culturales; lo material precede a lo cultural, y los cambios culturales son
consecuencia de cambios materiales en el entorno. Por poner un ejemplo, la
propiedad privada como modelo de organización social que permea las culturas
occidentales capitalistas hasta nuestros días, solo fue posible en la medida en
que se introdujeron cambios materiales que permitieron el desarrollo de la
agricultura, y por tanto la acumulación de recursos que permitió a su vez, por
primera vez en la historia, la generación de un ciclo de retroalimentación
acumulativo de los recursos. Con la acumulación de recursos, comenzó la
capitalización de estos y su posterior privatización, algo imposible si
atendemos el anterior modelo de caza y recolección, por el que los recursos
eran perecederos, lo que obligaba a su repartición equitativa entre los
miembros del grupo social. Estos cambios en las condiciones materiales que permitieron
el desarrollo de la agricultura y posteriormente de la propiedad privada no
fueron cambios previstos; al contrario, fueron súbitos e impredecibles. Si
queremos poner un ejemplo más reciente, podemos apelar al uso de mascarillas en
la pandemia global del COVID-19. El cambio cultural que implicó que los
viandantes comenzaran a llevar mascarillas durante meses solo fue posible
gracias a un cambio material inesperado dentro del sistema como fue la
aparición del virus. La voluntad de cambio de un paradigma cultural, social o
político por tanto queda supeditado a la aparición de anomalías y/o elementos
materiales que no estaban en el guión, y que transforman por completo los
modelos predictivos de realidad que se tenían de forma apriorística. Desde esta
perspectiva, no está tan claro que invertir el platonismo pueda generar el
modelo de realidad que pretende Gilles Deleuze. De hecho, el abandono de esa
trascendencia que nos ofrece el platonismo puede llevar a consecuencias
radicales en la vida del individuo, especialmente si atendemos al modelo
materialista reduccionista como única realidad, pero eso es harina de otro
costal. En cualquier caso, sospecho que el modelo de cambio propuesto por la
teoría del caos aplicado al platonismo es mucho más complicado, porque este
dualismo entre el mundo de las ideas y el mundo sensible propuesto por Platón
en El Sofista, implica la existencia
de una realidad metafísica no accesible por vía empírica, de ahí que sea mucho
más difícil que la teoría del caos o el materialismo cultural puedan
transformar esa realidad. En los sistemas materiales es, de hecho, inescapable;
pero en el caso del platonismo se antoja más difícil porque, aunque
experimentemos cambios y transformaciones en la materia, ésta siempre estará
supeditada a la existencia de una realidad metafísica superior, perfecta e
inmutable. De modo que los métodos de aplicación de estas teorías, en tanto que
se aplican únicamente a la materia, quedan fuera de nuestro alcance a la hora
de aplicarlos a la metafísica.
El modelo de cambio que promete Deleuze es un cambio hacia el devenir. Deleuze presenta tres tipos de filósofos: de las alturas, de las profundidades y de las superficies. Tanto los filósofos de las alturas como las profundidades dependen de una realidad estratificada o jerarquizada por distintos niveles. Por tanto, hay un esfuerzo de acceder a otro nivel superior, tal y como se nos presenta el conocimiento en Platón, de tal modo que la razón pueda acceder a verdades metafísicas superiores. En Platón, se trata de ascender. Por el contrario, los presocráticos plantean que siempre hay un fundamento debajo del fundamento. No se encuentra nunca un fundamento último. Famosa y célebre es aquella frase de Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Deleuze reivindica a los estoicos y los asemeja a los filósofos de la superficie, son ellos los que tratan de invertir el platonismo. Si los estoicos invierten el platonismo es para olvidar la instancia o jerarquía superior a la que nos remiten las ideas. Digamos que, mientras el platonismo nos presenta un modelo de realidad jerárquico, que asciende hasta llegar a verdades metafísicas, Deleuze nos plantea que la realidad es disyuntiva y copulativa. La realidad es un conjunto de elementos diferentes que se entrelazan entre sí pero que no necesariamente se encuentran opuestos unos a otros, de ahí que su disyunción sea inclusiva. La materia es un conjunto de muchas entidades que chocan entre sí pero que no necesariamente se excluyen mutuamente. Materia es un árbol o un acelerador de partículas; una molécula de H2O o el rugido de un león. Lo que viene a decir Deleuze con esto es que no hay una identidad fija. La materia es pensada de tal forma que permita el devenir, en la que no hay un modelo ideal fijo que seguir, sino que ahora tenemos multiplicidad. De este modo se concibe la identidad no como punto de partida como sí desarrolla el platonismo, sino que la identidad ahora es el punto de llegada. Hemos construido y producido identidades, ese es el proyecto deleuziano de la representación y el devenir; un proyecto rizomático, en el que los distintos conceptos se entrelazan dando lugar a identidades.
Deleuze incorpora el devenir a la trama de nuestra existencia. En ese
sentido guarda relación con la teoría del caos, ya que lo que viene a decir es
que la linealidad, el modelo predictivo de realidad, simplemente es cambiante.
De modo que la materia, al funcionar por fricción, un acontecimiento puede
producir encuentros que alteren lo previsto. Lo imprevisible forma parte de
nuestra vida diaria y la realidad se instaura no en la representación fija sino
en el flujo constante de devenires; esto es a lo que nos lleva la disyunción
inclusiva. Desde la perspectiva de la tradición platónica, no seguir el modelo
ideal nos conduce al caos y la anarquía. La disyunción inclusiva rompe con esa
jerarquía de la que hablábamos, generando no caos y anarquía sino una nueva
ontología inmanente donde hay múltiples modelos de existencia que se entrelazan,
produciendo a su vez un rizoma en el que los conceptos están todos ellos en
contacto y en el que no podemos establecer una jerarquía clara y definida. No
se trata tanto de crear conceptos sino de utilizar los conceptos de manera
distinta. De tal forma que traslademos el concepto de un plano de trascendencia
jerarquizado a un plano de inmanencia en el que no hay jerarquías o estratos. Podemos
referirnos a los mismos conceptos, pero éstos actúan en planos diferentes, y
eso hace que los conceptos cambien en su eficacia y significado.
Decíamos
que los simulacros no asumen el modelo de modelo y copia. El idealismo en su
búsqueda de la esencia determinante e inmutable del ser humano se aleja de su
vida, pero para Deleuze lo real es la vida, el aquí y ahora. La representación
asume la existencia de categorías universales fijas que no nos permiten el
devenir y que nos alejan de lo más inmediato de nuestra existencia y de la
disyunción inclusiva que permite la multiplicidad. En Diferencia y repetición Deleuze dice que esta representación propia
del mundo platónico impide que la repetición genere diferencia, dado que para
el idealismo la repetición es repetición de ese modelo ideal, de la identidad. En Deleuze la repetición
no imita o representa, sino que, por medio del simulacro como potencia
creadora, genera diferencia, formas nuevas, multiplicidad, devenires. “La
repetición es la diferencia sin concepto” dirá Deleuze.
En
ese sentido, uno nunca vive lo mismo dos veces. Cuando nos encontramos de
frente con la repetición, ésta genera nuevas formas de ver el mundo y de
interpretar la realidad. Esta concepción de la repetición rompe por completo la
idea legada por el mundo clásico en el que la identidad se repite de forma fija
y constante. En la conceptualización de la repetición de Deleuze decimos que no
hay dos días iguales, no sentimos lo mismo, sino que nos produce sensaciones distintas
en momentos distintos en función de la predisposición que tengamos respecto de
nuestras impresiones cambiantes. Esto es, en esencia, la teoría del caos. Encontramos
en este caso una afinidad entre la teoría del caos y la repetición de Deleuze.
Hay imprevisibilidad, no sabemos qué nos va a evocar la repetición de una
canción, dado que los diferentes estados en los que escucho esa canción son
cambiantes e impredecibles, de modo que la repetición es capaz de generar no
una linealidad recta de emociones, deseos e impresiones inmutables, sino que lo
que produce es una multiplicidad de éstas todas ellas cambiantes. Si
aplicamos la teoría del caos en la diferencia y repetición de Deleuze
encontramos la suposición de una ruptura con una realidad lineal, determinista
y mecánica.
No
obstante, no está tan claro que la repetición genere novedades, devenires o
multiplicidades; pese a que la teoría del caos afirme la imprevisibilidad de
los sistemas que transforma lo que aparentemente parecía estable y determinado,
y la repetición de lo diferente en Deleuze genere devenires y formas múltiples
de interpretar la realidad. Pues muchas veces dependiendo de la escala con la
que midamos los sucesos, podemos ver semejanzas pujantes y reiterativas. Esto
es algo que propuso el matemático Benoit Mandelbrot con su teoría de los
fractales. Por ejemplo, en el transcurso de un día cualquiera de tu vida diaria, pueden suceder muchas cosas:
que te rías, que te sientas pletórico, que te sientas pesimista, que agradezcas
algo, que pidas perdón por haber tratado mal a alguien, que esperes
acontecimientos durante un determinado periodo de tiempo, que tengas éxito o
fracaso en tu profesión… y si lo aplicamos en una escala macro que condense la
totalidad de tu vida, estos elementos y situaciones aparecen de forma
reiterativa a lo largo de toda tu vida. Es decir, que toda tu vida, reproduce exactamente
el mismo patrón que un día de tu vida. Cuando vemos las cosas con escalas
diferentes, podemos ver que en realidad no hay diferencias notables y
significativas, pues todo está condensado tanto en lo micro como en lo macro. De la misma forma, una pequeña piedra encontrada en la falda de una montaña podrá llegar a tener exactamente la misma forma que la montaña completa, solo que esa forma es condensada en una escala micro. Ante la idea deleuziana de que la
repetición genera diferencias, la diferencia también puede encapsularse en
márgenes diminutos o macros que no produzcan una novedad ontológica radical. Es
decir, que lo diferente puede repetirse de forma reiterada de tal forma que la
diferencia se estabilice como repetición, y ahí sí que tenemos un problema,
pues esto supone un regreso a la fijación propia del platonismo.
Por otra parte, si la diferencia y repetición de Deleuze des-territorializa porque trata de cargar contra una estructura platónica de un recorrido de más de 2500 años, rompiendo por completo con el sistema, el fractal de Mandelbrot junto a la teoría del caos, remiten en última instancia a un sistema cerrado y complejo donde la diferencia y la novedad están apresados en el seno del sistema, y por ahí sí que puede haber un escollo diferenciador entre estas cosmovisiones.

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