AXIARQUISMO: LA TENDENCIA REALISTA HACIA EL VALOR MORAL DEL MUNDO. ANÁLISIS DE LAS OBRAS DE PETER KREEFT Y THOMAS NAGEL.

 


ÍNDICE

- EL PLATONISMO EN LOS VALORES MORALES: AXIARQUISMO

Muchas son las filosofías que han tratado de contraponerse al idealismo platónico, especialmente a partir del siglo XX con el desarrollo del existencialismo; pero también vemos retazos de esto en autores como Descartes, Guillermo de Ockham o David Hume. Si nos centramos en las filosofías más contemporáneas, la raíz del pensamiento moderno radica en someter a prueba este idealismo platónico contraponiendo la postura fundamental que radica en la posibilidad de que, en efecto, el hombre pueda llegar a crear sus verdades. En este escrito no veremos la contraposición clásica entre materialismo e idealismo, sino que nos centraremos en cómo el abandono del platonismo deriva en un relativismo moral que rompe los lazos humanos y atomiza al individuo encapsulándolo en el nihilismo más absoluto. También sería tramposo decir que lo contrario al relativismo es el absolutismo, entendido este último como la doctrina que defiende la imposición de ideas de forma violenta. En la introducción de la traducción de la obra de Peter Kreeft, A refutation of moral relativism: interviews with an absolutist, Alfonso Aguilar aclara que por absolutista se entiende aquello que no está condicionado.

Por «absolutista» Kreeft no entiende lo que normalmente entendemos: una persona que impone su voluntad sobre los demás. La palabra absolutismo viene del latín ab-solutum («liberado de»); significa, por tanto, aquello que existe de modo independiente o incondicionado. En contexto gnoseológico, «absoluto» es toda verdad que no está sujeta a las condiciones subjetivas de un individuo —tales como la edad, educación, madurez, estado emocional, experiencias del pasado— ni a los elementos exclusivos de una cultura, sociedad o época histórica. Las verdades «el fuego quema» y «toda persona tiene derecho a la vida» son absolutas, porque son independientes (liberadas) de las opiniones personales y de los condicionamientos históricos[1]

EL PLATONISMO EN LOS VALORES MORALES: AXIARQUISMO

Para Platón, los valores morales son objetivamente reales; son algo que descubrimos pero que no planteamos en nuestras categorías mentales de forma gratuita o convencional, lo cual choca radicalmente con la forma de conceptualizar el mundo en el S. XXI. Platón en última instancia defiende que a través de la razón podemos alcanzar verdades metafísicamente objetivas, y una de esas verdades son los valores morales, dado que forman parte del mundo de las ideas, y por ello son eternos e inmutables. Peter Kreeft explica que una vez salimos de la caverna, existe una jerarquía de verdades metafísicas que podemos conocer:

¿Qué podemos hacer que ni los animales ni los ordenadores pueden? Podemos entender verdades eternas y necesarias. Podemos conocer la naturaleza esencial de las cosas. Esto es lo que hacemos al salir de la caverna.[2]

De este modo, nuestra razón está en contacto con las ideas o esencias. Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de esencias? Los diálogos socráticos tratan precisamente de buscar la esencia de las cosas. Por ejemplo, en La República, Platón comienza preguntándose acerca de qué es la justicia. Ese “qué” es la esencia.

Estas definiciones de Sócrates no son simplemente definiciones nominales, definiciones de nombres, convenciones de uso, decisiones sobre cómo usamos las palabras. Son definiciones reales, definiciones de esencias reales, las esencias de las cosas reales. Ellas son correctas o equivocadas, verdaderas o falsas.[3]

Y es precisamente en este punto donde podemos decir por qué las cosas son verdaderas o falsas, una vez que hemos definido su esencia. Si las esencias de las cosas son objetivamente reales, solo ahí podremos juzgar si son buenas o malas, verdaderas o falsas. En cambio, si no conocemos las esencias de las cosas, no podremos juzgar si algo es bueno o malo, porque solo estamos conociendo su apariencia, no estamos conociendo su verdad metafísica.[4]. No obstante, hay una verdad metafísica última que reina sobre todas las demás: el Bien. La gran idea de Platón es la idea de Bien. En el libro VI de La República se dice que algo es bueno cuando está de acuerdo con su esencia. Por tanto, para Platón decir “la idea de bien” es lo mismo que decir “la idea de las ideas”. Todas las ideas platónicas están organizadas jerárquicamente ascendiendo de forma gradual hasta llegar a la idea del Bien supremo como principio rector de todo lo que es en tanto que es, el summum bonum.

Para Platón esta jerarquía de ideas o verdades metafísicas que asciende hasta la idea del Bien implica que este Bien es la esencia de las esencias que rige todos los fundamentos de la realidad. El Bien en Platón funciona como un principio axiológico/axiárquico. ¿De qué trata este axiarquismo? El axiarquismo proviene etimológicamente del griego, de las palabras axia y arjé, donde axia significa valor, y arjé significa principio. De modo que el axiarquismo implica que la realidad tiene un principio orientativo hacia el valor, aunque no necesariamente lo sea hacia el bien, como veremos a continuación. Thomas Nagel, en La mente y el cosmos, plantea que el neodarwinismo es insuficiente para explicar los aspectos más fundamentales de la existencia como, por ejemplo, la consciencia o los valores morales. Ante la tesis materialista de que la realidad es únicamente materia, cabe preguntarse cómo es que surge una conciencia subjetiva capaz de juzgar los actos como buenos o malos a través de la experiencia sensible. Se antoja complicado por tanto describir el fenómeno de la conciencia y la objetividad de los valores morales sin aceptar que hay un principio orientativo hacia el valor. Los valores morales adquieren una dimensión objetiva que el método científico no puede llegar a explicar. Lo cual sugiere de forma indirecta que existe este principio axiárquico que es capaz de ordenar estos principios morales de acuerdo hacia el valor. Es decir, que necesitamos encontrar en aquello que podamos tildar de realidad, además de leyes físicas, leyes teleológicas o axiológicas que nos lleven hacia el valor.  Ya que si bien la belleza, el amor, el placer, el dolor... son elementos esenciales para nuestra supervivencia, adaptación y reproducción como especies desde un punto de vista darwinista, también somos capaces, dada nuestra facultad racional consciente, de reconocer en estos elementos una bondad o maldad por sí mismas.

Ya que somos, evidentemente, productos de la evolución y en última instancia de un proceso cósmico que llevó al desarrollo primero de organismos unicelulares y después de agentes conscientes antes de producir por último seres inteligentes capaces de juicios de valor, la imagen del orden natural que hace posible este proceso debe ser ampliada. Una concepción adecuada del cosmos debe contener los recursos para explicar cómo pueden haber surgido seres capaces de pensar exitosamente sobre lo que es bueno y malo, correcto e incorrecto, y descubrir verdades morales y valorativas que no dependen de sus propias creencias.[5]

Desde una perspectiva cientificista y evolucionista, elementos como el placer o el dolor tienen aplicaciones determinantes a la hora de aplicar la selección natural. Pero Nagel no se queda en esa simple abstracción, sino que reconoce un principio ontológico orientado al valor por sí mismos en el placer y el dolor:

Pero para seres como nosotros, capaces de razón práctica, son también objetos de conciencia reflexiva, comenzando con el juicio de que el placer y el dolor son buenos y malos por ellos mismos y nos conducen, junto con otros valores, al reconocimiento más sistemático y elaborado de razones para la acción y principios que gobiernan su combinación e interacción y, en último lugar, a los principios morales. (…) Por tanto desde el punto de vista del realista, aunque la asociación de placer y dolor con sexo y herida pueda ser explicada por selección natural, sus valores objetivos, nuestra capacidad para reconocerlos y todo lo que sigue de esto, no pueden serlo.[6]

Además, redundando en la aplicación del placer y el dolor como elementos evolucionistas, éstos adquieren también una dimensión moral por ellos mismos. Esto es: asociamos el dolor y el placer a la bondad y la maldad, es decir, los asociamos a valores morales que escapan a una mera interpretación reduccionista evolucionista. Somos de este modo, además de animales que miran por su supervivencia en un marco evolutivo, seres que responden racionalmente y conscientemente ante acciones que están motivadas por su contenido o valor moral. Para Nagel, solo los seres con capacidad de tener una razón práctica pueden reconocer el valor.

Respondo conscientemente al valor cuando decido darte una aspirina porque aprendo que tienes dolor de cabeza y sé que la aspirina te pondrá mejor. Por supuesto quiero que tu dolor de cabeza se cure, pero eso es también el resultado de mi reconocimiento de que los dolores de cabeza son malos.[7]

El mundo humano, o cualquier vida humana individual, es potencialmente, y frecuentemente de hecho, escena de increíbles riquezas: belleza, amor, placer, conocimiento y la pura alegría de existir y vivir en el mundo. Es también potencialmente, y frecuentemente de hecho, escena de una horrible miseria, pero en ambas situaciones el valor, por específico que pueda ser a nuestra forma de vida, parece ineludiblemente real. Nuestra predisposición a muchos de esos bienes y males desempeña una función vital en nuestra supervivencia y eficacia reproductiva —placer sexual, dolor físico, las punzadas y satisfacciones del hambre y la sed— pero son también buenas y malas en sí mismas y podemos reconocer y sopesar esos valores.[8]

Nagel describe y apunta a la posibilidad teleológica axiárquica como la explicación más plausible para describir cómo el desarrollo de la vida y la conciencia se dé de forma pareja al desarrollo del valor:

una vez que reconocemos que una explicación de la aparición y desarrollo de la vida debe al mismo tiempo ser una explicación de la aparición y desarrollo del valor, es más idónea una explicación teleológica. Esto significaría que lo que explica la aparición de la vida es, en parte, el hecho de que la vida es una condición necesaria de la aparición del valor y, en último lugar, de su reconocimiento.[9]

No obstante, Nagel no entiende esta teleología o axiarquismo a la manera platónica, a saber, que la idea de Bien es la que constituye este principio o ley axiárquica. No estamos hablando propiamente en Nagel de una idea de Bien que rige sobre todo lo que existe, pero sí encontramos la aplicación de un principio teleológico que tienda a la variación de formas múltiples y complejas de valor como principio axiárquico.

En tanto que la emergencia del valor es la emergencia tanto del bien como del mal, no es candidato para una explicación teleológica puramente benévola: una tendencia hacia el bien. De hecho, ningún principio teleológico que tienda hacia la producción de un solo resultado parece conveniente. Más bien, tendría que ser una tendencia hacia la proliferación de formas complejas y la generación de variaciones múltiples en la gama de los sistemas posibles complejos[10]

A pesar de negar que exista esta tendencia única y exclusiva hacia el bien, sí que reconoce que existen organismos que tienden por sí mismos hacia el bien. Platón en este sentido, es uno de los grandes defensores de esta forma de axiarquismo o principio teleológico, especialmente cuando hablamos de los valores morales a través de la idea de que el Bien orienta las acciones, objetos o situaciones del mundo.

Reconocemos que la evolución ha dado lugar a múltiples organismos que tienen un bien de tal forma que las cosas les pueden ir bien o mal y que en algunos de esos organismos ha aparecido la capacidad adicional de aspirar conscientemente a su propio bien y, por último, a lo que es bueno en sí mismo. Desde una perspectiva realista esto no puede concebirse simplemente como un efecto accidental y colateral de la selección natural. Una explicación teleológica satisface esta condición. En una explicación teleológica la existencia del valor no es un accidente, porque es parte de la explicación de por qué hay algo como la vida, con todas sus posibilidades de desarrollo y variación. En pocas palabras, el valor no es solo un efecto accidental y colateral de la vida, hay vida porque la vida es una condición necesaria del valor.[11]

Es importante destacar que Nagel propone una solución que deriva en que el universo es teleológico, pero no intencional. No se trata de un diseño inteligente. Además, el axiarquismo puro de Nagel implica que existe un principio inteligible que ordena la realidad hacia el valor, por ejemplo, en favor de teorías científicas sobre el ajuste fino del universo, pero no implica que ese principio tenga que ser necesariamente un ser personal e intencional similar al del teísmo clásico.

Nagel defiende lo que se conoce como axiarquismo puro, pero otras ramas del axiarquismo, como el axiarquismo parcial defendido por Philip Goff, afirma que los valores son uno de los factores que orientan la existencia de la realidad, pero no el único, como sí sostiene Nagel. El axiarquismo parcial afirma que la realidad se ve influenciada por el valor, pero también por la física, por ejemplo. Más allá de esto, si aún queremos seguir negando la tesis axiárquica de que la realidad tiene una tendencia hacia el valor, se puede alegar que nosotros damos intuitivamente cierto valor a las cosas o personas. Es decir que, aunque el principio teleológico del valor pueda ser negado, nosotros como seres racionales tendemos a otorgarle valor a los objetos que componen el mundo, lo cual no implica aceptar el axiarquismo puro de Nagel, sí un axiarquismo parcial, en el que existe materia y valor en el mismo nivel.

La hipótesis teleológica consiste en que estas cosas pueden determinarse no meramente por una química y una física libres de valor sino también por algo más, a saber, una predisposición cósmica a la formación de la vida, la conciencia y el valor que es inseparable de ellas.[12]

Y esto no implica, de nuevo, asumir la existencia de un diseño inteligente sobre el cuál tengamos que sustentar nuestra creencia en él. En última instancia, todos vivimos nuestras vidas asumiendo ciertas cosas sin tener certeza de ellas, porque son razonablemente intuitivas. Nuestra creencia en la verdad o falsedad es, como explica Nagel, importante para el desarrollo evolutivo de la especie. De modo que debemos asumir ciertas creencias para que mi razón pueda aprehender realidades a partir de esas creencias. Tenemos creencia verdadera en las cosas, aplicamos la teoría de la verdad como correspondencia; a saber, que el sujeto vive en la adaequatio rei et intellectus, la adecuación del pensamiento con la cosa.

Desde la perspectiva platónica solo podemos conocer las cosas en la medida en que descubrimos su esencia, y por ello es por lo que las podemos juzgar como buenas o malas. Con los valores aplicamos la misma regla, un valor es bueno o malo si conocemos su esencia. Si aceptamos la tesis axiárquica expuesta por Thomas Nagel, podremos dar cuenta de que el conjunto de elementos que existen en el universo siguen un principio normativo o prescriptivo real ajeno a verdades científicas, analíticas o empíricas. Y por ello, la existencia de los valores morales implica que su justificación debe provenir de un análisis y argumentación que trasciende cualquier tipo de análisis empírico. Es decir, que, si entendemos que la existencia de los valores morales es real, entonces no podemos describirlos sin la existencia previa de un plano normativo, por un principio ontológico que regule la conducta. Este principio ontológico no es derivado, de nuevo, de hechos empíricos, sino que se deriva de un plano de normatividad necesario que nos sirva para justificar la existencia de que los valores morales existen y son objetivos. En la lógica del derecho se utiliza la distinción entre ser y deber ser. El derecho, al igual que la moral, prescribe cómo las cosas deben ser. La moral, por tanto, no alude a un lenguaje descriptivo, en cuyo caso será prescriptivo o normativo. La moral o el derecho no nos dicen lo que las cosas son, sino cómo deberían ser. De ahí que la proposición “no debemos legitimar la esclavitud” conlleve de forma intrínseca un plano normativo que no podemos describir por medio de argumentos empíricos, lo cual nos lleva a pensar que la proposición “no debemos legitimar la esclavitud” está regida por un principio ontológico que tiene un determinado grado de verdad. Habíamos dicho que el conocimiento de la esencia y su verdad metafísica es posible en la medida en que conocemos las cosas más allá del mundo sensible. Aplicando el axiarquismo en un sentido platónico, el mundo de las ideas funciona como ese principio ontológico mediante el cual podemos saber que la proposición “no debemos legitimar la esclavitud” es verdadera y buena. En esta proposición, el deber ser es un elemento constitutivo del ser, de ahí que podamos justificar su objetividad moral existente por sí misma.

La normatividad es condición sine qua non para justificar las acciones morales, y por ello aplica la existencia de un plano o principio ontológico (ideas) que configura toda la realidad empírica (materia). Es decir, el deber ser implica la existencia de una esencia normativa dirigida por un principio ontológico que trascienda cualquier tipo de descripción empírica de la realidad, lo cual refuerza la tesis axiárquica de que la realidad tiende hacia el valor/bien. El propio Platón sugiere que somos más perfectos conforme más nos acercamos a la idea de Bien en tanto que la idea de Bien es la idea de todas las ideas, fuente de todo conocimiento.

Esto no implica que se parta de universales (plano normativo) y se derive la existencia de universales (objetividad de los valores morales). Podemos apelar al intuicionismo moral como punto de partida de la argumentación. Es decir, se parte de lo que intuitivamente parece una verdad moral para poder argumentar. Lo cual redunda en la idea de que podemos conocer verdades morales mediante nuestras intuiciones, quedando abierta la posibilidad de que existan otras intuiciones que me permitan abandonar la proposición “es moralmente mala la esclavitud”. No obstante rectificar en esta intuición implica que estoy buscando, por pura coherencia lógica, la existencia de otra intuición que sea verdadera y que refute la anterior.

Ante la ausencia de pruebas o evidencias de que legitimar la esclavitud sea moralmente bueno, asumimos de forma intuitiva que legitimar la esclavitud es algo malo. Si por el contrario intuitivamente legitimar la esclavitud es bueno desde un plano normativo o realista, será responsabilidad del relativista demostrar que legitimar la esclavitud puede ser bueno o relativo en determinadas circunstancias. Será responsabilidad del relativista demostrar como falso la certeza inmediata del intuicionismo moral. Lo que está de fondo cuando apelamos al intuicionismo a la hora de argumentar la objetividad de los valores morales, es que la existencia de un plano normativo no cognoscible por la evidencia empírica es una premisa que intuitivamente alude a una percepción racional directa, y tenemos que desarrollar la argumentación a partir de ahí, no como hipótesis a demostrar sino como premisa de base sobre la cual desarrollar la argumentación. En el tema que nos ocupa, la objetividad de los valores morales no es algo que aparezca en la materialidad, el valor moral no es una cualidad de la materia, pero la moralidad sí que aparece en la experiencia consciente subjetiva. El intuicionismo moral exige que este sea el punto de partida, la no correlación entre la materialidad y la experiencia consciente subjetiva que es capaz de aprehender verdades morales como que legitimar la esclavitud es algo moralmente malo. Esquemáticamente:

-        P1. Siguiendo el intuicionismo, debo asumir como autoevidente que lo que aparece en mi experiencia consciente subjetiva es intuitivamente cierto, a no ser que se me presente evidencia de lo contrario.

-        P2. El materialismo y la evidencia empírica no pueden explicar la existencia de los valores morales, de que la esclavitud sea objetivamente mala, de ahí que apelemos a un plano normativo.

 

-        C1. Debemos, siguiendo el intuicionismo, apostar por la teoría que se acerque a lo que intuitivamente sea más admisible, que en este caso es asumir que la esclavitud es mala, y que los valores morales forman parte de un plano normativo no accesible vía empírica.

De esta forma, se parte de un intuicionismo moral necesario para desarrollar una argumentación que derive en la existencia de entes universales. Siguiendo el intuicionismo, no aplica concebir que las premisas sean demostrativas y concluyentes. Dado que, en virtud del intuicionismo, nuestra percepción nos permite deducir e identificar lo bueno de lo malo sin necesidad de emplear conexiones lógicas o sistemas formales, pero puedo encontrar evidencia que sustituya mi intuición original por otra. Pero esto redunda en la responsabilidad que recae en el relativista, como ya hemos dicho.

Por todo lo expuesto anteriormente y, siguiendo la tesis axiárquica, podemos decir que los valores morales son objetivamente reales. De nuevo, podemos resumirlo en la siguiente síntesis:

-        P1. Existen hechos como la consciencia o los valores morales que la ciencia empírica no puede explicar.

-        P2. Existe un principio axiológico/axiárquico que la ciencia empírica no puede explicar.

-        P3. Este principio axiológico/axiárquico tiende hacia el valor.

-        P4. Los valores morales existen en un plano normativo regido por un principio ontológico o metafísico no reductible a principios descriptivos.

 

-        C1. Por todo ello se sigue que, en tanto que los valores morales no son explicados por la ciencia empírica, forman parte de un principio axiológico que tiende hacia el valor, no son reductibles a una fundamentación epistémica, forman parte de una descripción normativa o prescriptiva, y además forman parte de un principio ontológico, estamos racionalmente autorizados a asumir que los valores morales son objetivamente reales.

La objetividad de los valores morales nos lleva a afirmar que no tiene cabida el relativismo moral, especialmente cuando apreciamos proposiciones morales radicales del tipo: “es moralmente incorrecto la esclavitud”. Esta proposición adquiere un tinte por el que, en tanto no podemos estar autorizados a refutarla vía ciencia empírica (como hemos mencionado anteriormente), tenemos que asumir que se trata de una verdad normativa universal. Si además asumimos que la proposición “es moralmente incorrecto la esclavitud” no puede ser refutada por la ciencia empírica, debemos asumir que tampoco puede haber argumentos sólidos para que sea refutada por la razón epistémica, dado que hemos llegado a la conclusión de que es una verdad normativa universal, y la razón epistémica se encarga de juzgar qué conocemos por medio de, entre otros medios, evidencia empírica. Es decir, no tenemos razones tanto empíricas como epistémicas para afirmar que la verdad normativa universal condensada en la proposición: “es moralmente incorrecto la esclavitud” sea falsa. Por ello, siguiendo el intuicionismo moral podemos fundamentar y asumir que la proposición moral “es moralmente incorrecto la esclavitud” es verdadera.

No obstante, se puede negar que existe un principio axiológico o axiárquico. Si alguien niega el axiarquismo, entonces se deberá explicar cómo es posible que los seres humanos tengamos facultades racionales y conscientes para identificar los valores objetivamente buenos. Si la respuesta es que no podemos discernir de forma objetiva y verdadera qué es bueno y qué es malo moralmente hablando, entonces estamos cayendo en un escepticismo radical en contra de la razón. La razón deja de aprehender realidades. Ergo, la razón tampoco podría afirmar que no podemos discernir de forma objetiva y verdadera qué es bueno y qué es malo. Por tanto, la tesis que niega el axiarquismo se refuta a sí misma. No obstante, si aplicamos todas las premisas y llegamos a la conclusión de que podemos discernir la bondad de la maldad, podemos afirmar de facto que la proposición “es moralmente incorrecto la esclavitud” es verdadera y buena, acabando así con todo atisbo de escepticismo en contra de la razón. De esto, de eliminar el escepticismo, se deriva que también el relativismo, y más concretamente el relativismo moral es falso, ya que hemos llegado a una proposición moral verdadera y objetiva, y la mera existencia de una proposición moral verdadera y objetiva, imposibilita la existencia del relativismo moral.  Sobre el relativismo moral versa el siguiente punto que nos ocupa.

RELATIVISMO MORAL

El relativismo aparentemente pretende argumentar a favor de que en la medida en que cada plano de la conciencia es individual, por ello cada conciencia tendrá una opinión diferente o relativa a las de los demás individuos. El relativismo implica la ausencia de absolutos, y también puede funcionar como un principio de tolerancia, de respeto a las impresiones de cada individuo sobre asuntos abstractos y no tan abstractos como la belleza o la preferencia por un equipo de fútbol. No obstante, cuando el relativismo se aplica a los valores morales, es donde para Peter Kreeft surgen los problemas. Para él, el relativismo moral es aquella doctrina que pretende defender que los valores morales son relativos. Peter Kreeft en A refutation of moral relativism: interwiews with an absolutist expone a través de una serie de diálogos las contradicciones de afirmar la existencia del relativismo moral, aunque esto es algo que también se ve en su obra The platonic tradition.

Desde un punto de vista lógico el relativismo moral incurre en una contradicción performativa al afirmar como absoluto que los valores morales son relativos. Una contradicción performativa es un tipo de contradicción lógica que afirma una acción o declaración que contradice los propios presupuestos de afirmar tal acción o declaración. Un ejemplo de contradicción performativa la podemos ver en presupuestos del tipo: “estoy muerto”. Se produce una contradicción performativa porque la declaración de que yo esté muerto se contradice con el hecho de que el sujeto que lo dice está vivo, ya que, si estuviese muerto, no podría declarar “estoy muerto”. Este esquema se puede aplicar al relativismo moral. De modo que, afirmar que los valores morales son relativos, es contradictorio con la afirmación de que existe algo objetivo, a saber, que los valores morales son relativos. La contradicción performativa no solo se queda ahí. También podemos aplicar el mismo esquema a filosofías deconstructivistas o escépticas. En última instancia, este tipo de filosofías redundan en negar que existe un significado, valor, premisa, verdad, esencia y universal único y verdadero. Lo cual choca radicalmente con la idea central que da forma al platonismo.

Tal y como habíamos dicho, la idea central del platonismo es que la verdad es objetiva y podemos conocerla a través de nuestra razón. Kreeft desarrolla cuáles son las consecuencias de abandonar este “amor” por la verdad, este platonismo. De hecho, Kreeft interpreta que el hombre moderno ha preferido el consuelo que otorgan las sombras en el refugio cavernario, en lugar de aventurarse a dejarse iluminar por la luz de las ideas. Peter Kreeft identifica tres estadios dentro de la caverna que representan la configuración actual del mundo moderno. Estos son el nominalismo, el reduccionismo y el positivismo, aunque todos ellos derivan, en última instancia, en relativismo. Estos son los resultados para Kreeft, de abandonar el platonismo en nuestro mundo contemporáneo. En este caso nos centraremos en el abandono de la trascendencia y el significado de las esencias propias del pensamiento platónico por parte del mundo moderno, lo cual deriva en un relativismo moral absoluto. El pensamiento de Kreeft a lo largo de The platonic tradition y A refutation of moral relativism es un pensamiento muy similar a este pensamiento platónico. Kreeft defiende la idea de universalidad. La idea de universal viene aparejada con la idea de esencia, de trascendencia, que es resistente a cualquier noción temporal o física de la realidad.

No obstante, Kreeft no es lo que podríamos llamar un absolutista de la moral.  Por eso es pertinente en primer lugar, describir a qué se refiere Kreeft con su postura absolutista. Como hemos mencionado anteriormente en la introducción, Kreeft no es un absolutista entendido como alguien que desea imponer una visión determinada sobre algo en concreto. De modo que para hacernos una idea adecuada del pensamiento de Kreeft, podríamos traducir absolutista por realista, entendiendo que el realista es aquel que afirma que la realidad existe y no es creada de acuerdo a nuestras convenciones.

A refutation of moral relativism: interwiews with an absolutist es una obra donde Kreeft trata de, a través de una serie de personajes ficticios, demostrar en forma de diálogo socrático que el relativismo moral es una postura inconsistente. Para ello, establece un debate entre Libby, un personaje que defiende el relativismo, e Isa, un profesor de filosofía que trata de contra-argumentar la postura de Libby. En los primeros diálogos se trata de definir lo que se entiende por moral.

Necesitamos definir dos palabras: moral y realismo. Tomemos moral primero. ¿Cómo empleamos esa palabra? Se usa para referirse a la calidad de la gente y de sus actos interiores y exteriores, que expresamos con las palabras bueno y malo, o bien y mal. Pero no todo «bien» es un bien moral: un coche bueno, por ejemplo. Así que más específicamente el bien y el mal morales se refieren a lo correcto e incorrecto. Incluso aquí tenemos que ser más preciso, puesto que algo puede ser «correcto» sin ser moralmente correcto: la respuesta correcta para un acertijo, por ejemplo. Por tanto, digamos que la moral trata sobre lo que debemos y lo que no debemos hacer. Otra forma de decir que algo se debe hacer parte de considerarlo como un imperativo o una obligación[13]

Vemos por tanto cómo la moral tiene que quedar fuera de los objetos concretos. No podemos decir que un coche es moralmente bueno. Cuando atendemos a la clásica distinción aristotélica, la causa final del coche es lo que lo hace bueno. En este caso un coche es bueno cuando cumple su función, que es ser un medio de transporte funcional. Aparentemente, la moral se puede parecer a la causa final aristotélica, ya que la obligación moral, el deber ser, te empuja hacia un fin, hacia una meta, tal y como el coche tiene un fin determinado. Sin embargo, este esquema moral solo es aplicable a los sujetos con consciencia. No podemos aplicarle valor moral al coche, pero sí a los seres humanos. Lo que podemos aplicar al coche es un uso moral. Por ejemplo, no usar el coche para atropellar personas. Pero eso solo es posible si reconocemos la existencia de un valor moral objetivo: a saber; que es malo atropellar personas con el coche.

Kreeft ve el origen del relativismo en la mentalidad sofista, y más concretamente en la célebre frase de Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Esta frase conlleva varias cuestiones: en primer lugar, lleva implícita la noción de que el hombre es capaz de fabricar la moral, de que nuestra facultad racional es la medida de todo, incluido el bien y el mal. En segundo lugar, queda claro que el hombre, en la medida en que es contingente, la verdad acerca de lo que su conciencia aprehende, también lo es, de ahí que los valores morales puedan ser cambiantes. Si retrocedemos a Platón, no podemos afirmar que el hombre es la medida de todas las cosas, tendremos que decir que el Bien o las ideas son la medida de todas las cosas. Esto es algo que también podemos ver en el recorrido de toda la tradición teológica. Frente a la idea de que el hombre es la medida de todas las cosas, Dios es la medida de todas las cosas. Si el hombre es la medida de todo cuanto es, podemos decir que el hombre no se diferencia en nada de Dios, ya que no hay nada superior que mida al hombre. En el platonismo el hombre está por debajo de las ideas, no hay nada superior a las ideas.

Esta idea protagórica de que el hombre es la medida de todas las cosas y que por tanto el hombre es contingente y con ello la verdad que aprehende también lo es, lo que viene a decir es que el hombre en tanto que es contingente, puede cambiar también su noción sobre lo que es bueno y malo. El esquema lógico es el siguiente:

-        P1. La materia es contingente.

-        P2: El hombre es materia.

 

-        C1. El hombre es contingente.

 

 

-        P3. Dado lo anterior, el hombre experimenta un proceso de cambio y transformación, incluso en la percepción que tiene acerca de lo que es bueno o malo.

 

-        C2. El hombre, por tanto, puede afirmar la relatividad y contingencia de los valores morales en tanto que su materialidad y sus percepciones también lo son.

Si bien es cierto que las moléculas y átomos que constituyen el individuo son cambiantes a lo largo del tiempo, hay una parte importante que hemos dejado de lado, y es la noción de identidad. Podemos estar de acuerdo en que los elementos constitutivos de mi materialidad son cambiantes (átomos, neuronas, células, incluso órganos…). No obstante, en ningún momento podemos decir que somos una entidad completamente distinta a la de un tiempo pasado a pesar de todos los cambios que hemos sufrido. Michael Huemer en su obra Knowledge, reality and value, afirma que hay un elemento constitutivo que no es material y que permanece en el individuo a pesar de los cambios, garantizando una identidad personal inmutable y no contingente. Es decir, yo como individuo soy completamente distinto al que era hace veinte años tanto en materialidad como en gustos, preferencias, aficiones, personalidad… y sin embargo mi identidad queda permanente, sigo siendo la misma persona que hace veinte años. Huemer califica esta identidad como “alma”.  Para Huemer, el alma funciona como un sinónimo de identidad. Esto no quiere decir que esta identidad a la que hace referencia Huemer forme parte de una identidad religiosa o teológica, porque esta misma forma de identidad es la que se aplica también en la paradoja del barco de Teseo. Si uno contrapone la visión de la identidad de Huemer con la de la paradoja del barco de Teseo, encuentra que se refieren prácticamente a lo mismo. El propio Huemer habla de la paradoja en Knowledge, reality and value. La paradoja plantea el problema de la duración de la identidad del objeto a través del tiempo a pesar de los cambios materiales que se producen en el mismo objeto, que es exactamente lo que plantea Huemer. En todo caso podremos decir que la paradoja, y la reflexión de Huemer, están relacionadas con la metafísica y la reflexión acerca de la identidad y el cambio, pero están alejadas de consideraciones religiosas o teológicas.

Algunos creen que las personas poseen un componente especial e inmaterial llamado "alma", que determina su identidad. (Esta perspectiva a veces se denomina "dualismo mente-cuerpo"). También se dice que el alma es el sujeto de los estados mentales (es el alma, y ​​no el cuerpo, la que experimenta pensamientos, sentimientos, etc.). En todos los experimentos mentales sobre la identidad personal, uno va donde va el alma. La inobservabilidad de las almas permite explicar cualquier intuición sobre la identidad personal que se desee; podemos simplemente suponer que el alma de una persona va adonde intuitivamente creemos que está.[14] 

Huemer echa mano del principio de identidad para defender la existencia del alma, que es intransferible e inmutable, y que, en nuestro caso, y teniendo en cuenta toda la tradición platónica que afirma la existencia de esencias universales, podríamos traducir como identidad. Estamos hablando por tanto de una identidad inmutable, que forma parte de ese mundo de las esencias universales.

Los átomos individuales de tu cuerpo (incluido tu cuerpo) se reemplazan periódicamente. La configuración de tu cerebro y tu cuerpo también puede cambiar. Exactamente cuánto cambio es compatible con seguir teniendo “el mismo” objeto material es una cuestión semántica, que se resolverá (si es que se resuelve) mediante convenciones lingüísticas. Pero dado que la identidad personal es objetiva y no convencional, esta no puede depender de la identidad del cerebro ni del cuerpo. El argumento se generaliza a cualquier objeto material compuesto de muchas partes.[15]

No podemos afirmar que un determinado estado de mi yo futuro es independiente y autónomo respecto a mi yo actual, incluso cuando todas las células, átomos, partículas y neuronas de mi yo futuro sean distintas a las de mi yo actual. Si hemos definido este tipo de identidad personal o “alma” como inmutable y no cambiante, entonces no podemos decir que, basándonos en el relativismo, somos personas diferentes en diferentes estados de nuestra vida.

Digamos que intentamos articular las condiciones para que una persona futura cuente como tú (es decir, una etapa posterior de ti, o “tu continuador”). No podemos basarnos en ninguna condición puramente cualitativa, porque eso viola la condición (i), que la identidad es una relación biunívoca. No podemos basarnos en una condición cualitativa junto con una cláusula de no ramificación para excluir “tú” duplicados, porque esto viola la condición (iii), que la identidad es intrínseca. No podemos basarnos en la identidad de ningún objeto físico compuesto, porque eso viola la condición (iv), que la identidad es objetiva. No podemos basarnos en la identidad de un objeto físico simple (sin partes), porque, bueno, eso es simplemente súper-improbable. ¿Qué queda? Parece que la única posibilidad restante es apelar a la identidad de alguna entidad simple, no física. Si existe una entidad simple, no física, que determina la identidad de las personas, bueno, esa es prácticamente la definición de un “alma”.[16]

Podemos aplicar este mismo esquema a los valores morales. Una persona puede experimentar cambios en su percepción sobre los valores morales, pero eso no implica que los valores morales sean cambiantes y que un valor moral que apreciamos como intuitivamente bueno pase a ser malo y viceversa. Lo único que implica es que la percepción del sujeto es cambiante, no los valores en sí, porque la identidad se mantiene intacta.

En cualquier caso, tal y como habíamos explicado en el apartado del axiarquismo, la identidad (o alma en el caso de Huemer), igual que los valores morales o la conciencia, forman parte de un plano ontológico y/o metafísico que no es aprehensible por medio de evidencia empírica, y por ello debemos considerarlo también como parte de un enunciado normativo universal ajeno a la medida del hombre. Así pues, podemos decir que el hombre no es la medida de todas las cosas a pesar de que sus pasiones son contingentes y su percepción sobre los valores morales también lo sea. El sujeto no relativista, o el realista moral, afirma que los valores morales son objetivos y nos dicen cosas acerca de la realidad objetiva y sus esencias, con independencia de nuestras percepciones contingentes. Lo mismo se aplica a la identidad personal. Nuestra identidad personal tal y como la hemos representado en este bloque es inmutable, no así nuestra personalidad. La personalidad es un conjunto de características que diferencian a una persona de otra, y ahí es donde entran los gustos, percepciones, opiniones, costumbres… que son cambiantes y que otras personas pueden conocer. La identidad personal es aquello que permanece inmutable y que forma parte del individuo y no podemos conocer vía empírica.

Algo similar le ocurre al ya mencionado Thomas Nagel. En su artículo ¿Qué se siente ser un murciélago?[17] afirma que, pese a que podemos conocer todo lo que tiene que ver con el comportamiento de un murciélago, jamás podremos llegar a conocer la experiencia subjetiva consciente del murciélago, es decir, jamás podremos conocer la identidad del murciélago, porque esta identidad (al igual que la consciencia y los valores morales) no es reductible a aspectos físicos y materiales, sino que forma parte de un plano metafísico al que no podemos acceder por vía empírica. Ser un murciélago propiamente hablando es algo que solo puede experimentar en última instancia el murciélago. No importa las descripciones neurológicas y los procesos neuroquímicos que podamos aprehender del murciélago, porque la naturaleza de la identidad del murciélago, el qué es ser un murciélago, solo puede ser comprendido desde la experiencia subjetiva del murciélago. Esto adquiere paralelismos interesantes cuando atendemos a los valores morales; en tanto que forman parte del mundo metafísico (mundo de las ideas en un sentido platónico), la naturaleza de los valores morales está insertada en un plano no cognoscible o aprehensible vía empírica. De ahí que no podamos captar la verdad objetiva de los valores morales desde un lenguaje empírico. Tal y como ya hemos comentado, si los valores morales son objetivos y verdaderos, debemos afirmar su existencia objetiva y axiológica desde un plano normativo/ontológico/metafísico.

El ejemplo del murciélago es súmamente importante porque con él, Nagel sostiene que el materialismo reduccionista no puede explicar los elementos relevantes de la experiencia subjetiva consciente de un organismo vivo, que sin embargo es lo más inmediato para nosotros. En línea con lo que venimos desarrollando, Peter Kreeft cambia el ejemplo del murciélago por Sócrates, para decir algo parecido a lo que dice Nagel:

Creía que está mal desobedecer la ley aun cuando la ley se equivocara. Tenga o no razón, ése era el motivo de que estuviera sentado en la cárcel. La explicación reduccionista no siempre explica las cosas. Hay dimensiones de la realidad que el método científico no puede tomar en cuenta, porque el método ignora las causas finales. La moralidad, de hecho, se encuentra en ese terreno: en la causalidad final, el objetivo, el bien.[18]

Centrándonos de nuevo en la crítica al relativismo por parte de Peter Kreeft, el ser humano es un agente moral. Dada la explicación de Nagel, no podemos saber qué es lo que está sintiendo propiamente un organismo vivo, no sabemos con certeza si los animales son también agentes morales, pero lo que sí sabemos es que nosotros sí lo somos. La experiencia subjetiva del murciélago es una experiencia a la cual no tenemos acceso, pero sí tenemos acceso a la nuestra. Podría decirse que se trata de una experiencia privada, pero, sin embargo, es una experiencia que todos tenemos. De este modo, la experiencia consciente subjetiva es capaz de saber y diferenciar lo correcto de lo incorrecto.

Pero experimentamos algo más de «lo que es»; también experimentamos «lo que debería ser» como parte de nuestros datos. Experimentamos que la conciencia nos dice que es injusto codiciar aquella tierra o robarla o ir a la guerra por ella, dado que no tenemos ningún derecho a ella. No está bien. Esa dimensión de lo justo e injusto forma parte de nuestros datos tanto como la tierra y nuestro deseo de tenerla.[19]

En relación a esto, cabe preguntarse de dónde surge, dónde está el origen de los valores morales. En A refutation of moral relativism, Libby (uno de los personajes ficticios de la obra) cuestiona el origen de los valores morales, argumentando que perfectamente podrían estar en la mente humana y que podrían ser una invención, como las reglas del fútbol. Isa, en el papel de profesor contra-argumenta de la siguiente manera:

ISA: Basta con que observes esta diferencia. Nuestra mente crea las reglas del fútbol. No existen ahí fuera hasta que las hacemos. Y las podemos cambiar. Pero nuestra mente descubre las reglas de las matemáticas y la física. Y no las podemos cambiar. LIBBY: De acuerdo, ¿y qué? ‘ISA: Pues que el hecho de que aprendamos algo de nuestra sociedad no prueba que sea subjetivo. (…) Si fuese verdad, si todos nuestros valores fueran condicionados por la sociedad, no podría haber inconformidades con la sociedad. La existencia de inconformidades demuestra la presencia de algún origen de los valores que trasciende a la sociedad. [20]

Pongamos, de nuevo, el ejemplo de la esclavitud. En el S. XVIII la esclavitud no estaba aún abolida. De hecho, podríamos argumentar que la esclavitud era moralmente aceptable en esa circunstancia específica, en ese contexto histórico – político – cultural del momento. En ese caso, ¿Qué diríamos de las personas minoritarias que estaban en contra de la esclavitud en ese contexto? ¿Diremos que estaban equivocadas respecto a la moral dominante de esa época? ¿O por el contrario tenemos que asumir que estaban en lo correcto? Si asumimos que estaban equivocadas al defender la abolición de la esclavitud, tenemos que asumir que la esclavitud fue algo moralmente aceptable y tolerable en determinadas circunstancias, algo que no creo que les hubiera hecho mucha gracia a las personas en régimen de esclavitud del S. XVIII. Pero si por el contrario afirmamos que las personas que se oponían a la esclavitud en el S. XVIII estaban en lo cierto, tenemos que asumir que hay una objetividad de los valores morales que es perenne e inmanente a toda cultura, época, tradición y contexto. Peter Kreeft es partidario de esta segunda opción, de que los valores morales no pueden ser invenciones arbitrarias de la voluntad humana que cambian según la época determinada o según el avance o retroceso de una sociedad. La esclavitud, la asunción de que la esclavitud puede ser correcta es algo que no podemos crear arbitrariamente.

Ni siquiera puedes imaginar una moral nueva por completo, así como no puedes imaginar un universo totalmente nuevo o una nueva serie de números o colores. Inténtalo. Intenta imaginar una sociedad donde la honestidad y la justicia, la valentía y el autocontrol, la fe, la esperanza y la caridad sean malos; y donde mentir, hacer trampas, robar, la cobardía y la traición, la drogadicción, la desesperación y el odio sean buenos. No puedes hacerlo.[21]

Todos sabemos por experiencia que somos libres para crear diversas reglas sociales aceptables para conducir, hablar, vestirse, comer y beber... (…) Pero también sabemos por experiencia que no somos libres para hacer que el asesinato, la violación, la esclavitud, la traición sean buenos, ni tampoco para que la caridad o la justicia sean malos. Podemos crear costumbres diversas pero no morales diversas. No podemos crear una moral nueva como tampoco podemos crear un universo nuevo.[22]

Se puede argüir que, en efecto, somos conscientes de la existencia de violaciones, torturas, asesinatos… Así que sí que podemos llegar a concebir este tipo de sociedad. Pero, aún si pudiéramos concebir la sociedad que describe Kreeft, no implicaría que fuese un efecto directo de la creación de una nueva moral. Lo que está de fondo es el hecho de que, aunque se den fenómenos en el mundo real como las violaciones o las guerras, no implica que eso se deba a la creación de una nueva moral que alegue que violar, matar o esclavizar sea algo bueno. Como dice Kreeft, que existan inconformidades demuestra la presencia de algún origen de los valores que trasciende a la sociedad.

Peter Kreeft concluye su argumentación en favor del realismo moral haciendo un diagnóstico del mundo moderno, preguntándose por cómo hemos llegado a la situación en la que la modernidad queda impregnada de relativismo moral. Uno de los motivos principales que ve Kreeft es un uso excesivo del materialismo, y más concretamente el materialismo reduccionista, aunque si hemos de encontrar un punto de no retorno es en el nominalismo de Ochkam que abandona todo significado superior. Centraremos el siguiente apartado en el nominalismo y las consecuencias que tiene para la moral, que son primordialmente el abandono de significado y la imposibilidad de construir una ética humana. Para ello, exploraremos la relación entre este nominalismo, el mundo simbólico legado por Platón, y el significado oculto tras él.

LA IMPORTANCIA DEL SIMBOLISMO

Una vez analizadas todas las características y críticas al relativismo, cabe preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí; de dónde surge toda esta tendencia relativista en las sociedades modernas. Peter Kreeft encuentra la raíz de todos los males que asolan Occidente en el sofismo o la mentalidad sofista, como ya hemos mencionado anteriormente, pero si ha de establecerse un punto de no retorno ese es el nominalismo de Ockham. Cabe destacar que la interpretación que hace Kreeft sobre el nominalismo requiere un matiz esclarecedor. Desde la perspectiva de Kreeft se atribuye la moral y la ontología una posición epistemológica, de modo que se puede interpretar que se aborda el nominalismo desde una parte del conocimiento que adopta áreas que no se corresponden filosóficamente hablando.

Para Peter Kreeft el nominalismo es en última instancia la negación del platonismo, de la idea de universal. Para el nominalismo no existen universales, solo particulares. Peter Kreeft anuncia el nominalismo postulado por Guillermo de Ockham como el punto de no retorno, la quiebra definitiva entre el mundo clásico y el mundo moderno. Para el nominalismo solo los términos singulares designan realidades, lo único que tenemos son nomina, nombres, que no indican ningún significado universal. Esta idea conlleva varios problemas, como por ejemplo cómo lograr predicar enunciados generales. Esto es algo que ya atisbó Bertrand Russell, ya que para él un enunciado implica asumir relaciones entre conceptos generales con un contenido significativo general y válido universalmente. Por ejemplo, para decir que Sócrates es mortal, necesitamos comprender el significado válido y universal de la mortalidad, de lo contrario no nos estaríamos comunicando. Si no existe un significado universal de la mortalidad, a la hora de enunciar afirmaciones o predicados del tipo “Sócrates es mortal”, no estaríamos hablando propiamente de mortalidad. Lo que sucede es que sabemos que el hombre (o Sócrates) es mortal porque aprehendemos la noción universal de mortalidad, y por ello puedo deducir la mortalidad del entendimiento de mi consciencia. No obstante, para el nominalista, dice Kreeft, no necesita entender ninguna esencia universal, porque no hay esencias universales que entender. Del mismo modo, para referirnos a Sócrates como mortal, no podemos asumir que la mortalidad es una cualidad particular de Sócrates, porque entonces no podríamos afirmar que todos los hombres son mortales sin asumir que hay una aplicación general y universal de la instancia “hombre” y de la instancia “muerte”.

Kreeft intercepta otra consecuencia radical de este nominalismo, y esa es el escepticismo; ya que, si el nominalismo sostiene que no hay universales, entonces no podemos hacer instancias universales ni pueden ser cognoscibles a través de la razón, y de ahí se sigue un escepticismo en contra de la razón. El abandono de los universales conlleva que no puede haber argumento deductivo válido, porque si no hay universales, tampoco puede haber premisas de las que partir:

Otra radical consecuencia del nominalismo es el escepticismo. La certeza es imposible, solo la probabilidad es posible. (…) Y sin una premisa universal, no puede haber argumento deductivo válido, solo argumentos inductivos probables a partir de premisas singulares, aumentando la probabilidad cuanto más aumentes el número de premisas o ejemplos, pero nunca alcanzando certeza porque nunca alcanzas el universal. [23]

Por otra parte, Edward Feser expone una crítica al nominalismo en favor de teorías que sustenten la tesis del realismo. Feser emplea un argumento similar al de Russell; para Feser, a la hora de comunicarnos, tenemos que tener una instancia común sobre aquello que queremos comunicar; es decir, tenemos que compartir ciertos rasgos semejantes entre los objetos que componen el mundo, de lo contrario no podríamos comunicarnos. Dice Feser:

Una señal de stop se parece a un camión de bomberos, y por eso llamamos a ambos «rojos». La hierba se parece a la piel del increíble Hulk, y por eso llamamos a ambos «verdes». Etcétera. Lo que tenemos, pues, son múltiples instancias de un mismo universal: la semejanza.[24]

Y más adelante añade:

Cuando consideramos diversas proposiciones, sopesamos las mismas proposiciones. Por ejemplo, cuando tú y yo pensamos en el teorema de Pitágoras, ambos pensamos acerca de la misma verdad. No es que tú estés pensando en tu propio teorema de Pitágoras personal y yo en el mío (signifique esto lo que signifique). (…) Supongamos que, como el conceptualismo implica, los universales y las proposiciones que retienes son puros constructos de tu mente. En tal caso sería imposible que tú o cualquier otro se comunicara. Pues cuando dijeras algo –«La nieve es blanca», por ejemplo–, los universales a los que te referirías y las proposiciones que expresarías existirían sólo en tu propia mente, y por tanto serían inaccesibles para los demás. Tu idea de nieve sería enteramente diferente de mi idea de nieve, y dado que tú sólo tienes acceso a la tuya y yo a la mía, nunca querríamos decir lo mismo cuando hablásemos de la nieve, o de cualquier otra cosa. Pero esto es absurdo: podemos comunicarnos y aprehender los mismos conceptos y proposiciones.[25]

Si asumimos que las proposiciones dadas son instancias particulares y privadas de cada uno, la comunicación sería imposible, ya que la noción de universal existiría solo en mi propia mente, y no sería accesible a nadie ni aprehensible por nadie más que yo, de tal modo que la idea que puedo configurar acerca de una proposición existiría únicamente en mi mente, y por tanto nunca podría llegar a comunicarme con nadie. Por fortuna esto no sucede, ya que podemos comunicarnos entre nosotros y utilizar los mismos conceptos de tal manera que podamos entendernos, lo cual sugiere que las proposiciones no son enunciados encapsulados en la mente privada de cada uno, sino que tienen un fundamento universal fuera de ella.

Si llevamos la crítica del nominalismo a la existencia de los valores morales, debemos partir de la sugerencia de una metafísica esencialista para juzgar lo bueno de lo malo, tal y como hemos hecho en los bloques anteriores. Pero si acepto la tesis nominalista que deriva en relativismo, y asumo que no hay verdad universal que conocer, entonces no hay valor universal que conocer. Solo hay nomina, y esto en última instancia es un problema a la hora de fundamentar ya no solo los valores morales, sino una ética humana. La ética presupone la existencia de una serie de derechos naturales comunes a todos los hombres, lo cual implica que esa serie de derechos naturales son universales para todos. Pero si acepto la tesis nominalista, ya no puedo hablar propiamente de derechos universales válidos para todos, ya que el concepto de derecho humano queda vacío de significado. La consecuencia del nominalismo aplicado a la ética humana es precisamente la destrucción de la ética humana. La discriminación racial, el machismo, la homofobia… solo pueden ser moralmente repudiables, rechazados y posteriormente superados si asumo que existen una serie de rasgos humanos universales que todos compartimos, y que por ello nadie debe ser prejuzgado arbitrariamente. Rechazar el machismo o la homofobia solo puede hacerse desde la perspectiva humanista que asume una universalidad esencial en el concepto de “humano” con el que todos comulgamos. Uno solo puede superar la discriminación racial, la homofobia o el machismo si asume que a pesar de las diferencias entre costumbres superficiales e individuales que se dan entre los individuos, existen una serie de derechos comunes que compartimos todos independientemente del color de piel, el género o la orientación sexual; lo cual implica reconocer la existencia de un significado universal de la palabra o el concepto “ser humano”, lo cual a su vez implica que para afirmar esto debemos negar el nominalismo. Con los valores morales aplica lo mismo, solo puedo asumir que la esclavitud es mala si aprehendo el significado real y objetivo de lo que es la esclavitud.

Siguiendo la línea de Peter Kreeft, el nominalismo configura la base sobre la que se sustentan todas las formas de positivismo o materialismo que caracterizan el mundo moderno, que, si bien tienen una gran aplicación a la hora de fundamentar las ciencias y el avance tecnológico, en su apuesta por el abandono de la noción de universal, derivan irremediablemente en el abandono de significado o naturaleza esencial de las cosas propia del platonismo. Este es para Kreeft uno de los grandes motivos para abandonar el nominalismo, y es que borra todo rasgo de platonismo y con ello de significado. En el mundo moderno el ser humano otorga valor a los objetos en función de sus aplicaciones materiales; las diferentes formas de platonismo interpretan el objeto de forma distinta, otorgándole a las cosas un valor, significado o verdad universales por sí mismas. Avistamos de este modo una forma de comprensión y aprehensión del objeto que abandona el plano material y nos introduce en un plano no accesible por vía empírica. Se trata del mundo simbólico. El mundo de las ideas de Platón está cargado de simbolismo. Más que conocidos son los mitos con los que Platón explica en sus diálogos elementos o formas de interpretar la realidad. La importancia del mito y sus símbolos en la construcción de Occidente como civilización es algo casi palpable.

“Símbolo” proviene etimológicamente del griego, de la palabra symballo, que significa reunir, encontrar. De este modo el símbolo es aquello que encuentra y reúne dos realidades diferentes y las pone en relación. El símbolo es por tanto la unión entre dos planos distintos de la realidad, entre un plano material y un plano trascendental o metafísico. De hecho, nosotros le damos valor a la materialidad a través de su significado. En el momento en el que identificamos a un perro como lo que es, dotamos de identidad no al concepto “perro” sino al objeto “perro”. De este modo exaltamos la materialidad otorgándole significado. Cuando observamos las palabras “amor, bien, libertad, belleza, bondad, maldad, felicidad, verdad…” desde una perspectiva nominalista, que acepta la ausencia de significado universal, esas palabras no serían más que nomina, o si lo queremos llevar más allá aplicando el materialismo reduccionista, solo sería una serie de líneas entrelazadas, pero que no aplica ningún significado superior. Pero todos sabemos que la palabra “felicidad” no es mera materialidad o nominalidad. La palabra “felicidad” delata un significado tan o más real que las moléculas o la composición química del aire, y eso solo es comprensible si entendemos lo que simboliza la felicidad.

Peter Kreeft dice:

Los antiguos estaban versados en dos tipos de reflexión: en ver el significado y en ver la materia, en leer el significado del signo pero también en mirarlo fijamente. Podríamos llamar a un tipo de reflexión el ojo interno y al otro el ojo externo. A lo largo de los últimos siglos nos hemos especializado tanto en ver la materia que hemos ignorado por completo el significado y hemos olvidado la manera de verlo. Hemos estado ahí viendo las cosas por tanto tiempo que hemos olvidado cómo se mira a través de las cosas, del mismo modo en que miras a través de un signo y miras lo que significa, su significado. Hemos olvidado que las cosas son también signos.[26]

Por medio de símbolos, el ser humano ha traducido el significado superior de las experiencias materiales y observables. Esto es algo que ya realiza la ciencia, concentra la aplicación funcional de la física en fórmulas matemáticas que no poseen existencia material, pero que representan abstracciones que son reales. El símbolo nos ofrece una verdad mucho más real que la que nos puede ofrecer el racionalismo científico moderno. En su reducción de la realidad a materia, la descripción materialista reduccionista de la realidad olvida esa otra parte del ser humano que no es medible a través del método científico. Lo medible, lo cuantificable, lo que podemos matematizar… es lo que ha caracterizado al materialismo científico reduccionista.  Pero si los átomos son todo lo real y todo lo que constituye la realidad, entonces ya no hay nada que pueda ser tildado como “moral”. Si el ser humano es reductible a un conjunto de átomos, olvidamos lo que hay propiamente de humano en el ser. Y sí, el ser humano es un conjunto de átomos, pero no sólo es eso, porque cuando trato con mis seres queridos, no estoy tratando con una serie de moléculas que se juntan para crear átomos, y estos átomos se juntan a su vez para crear células, y estas células se juntan para crear tejidos… cuando hablo con mis amigos estoy hablando con mis amigos, con todo el significado que eso puede contener. Nadie duda de la importancia de conocer la composición molecular del ser humano, o el comportamiento de la materia a nivel cuántico, pero es mucho más trascendental para la vida del individuo saber los aspectos más profundos de la existencia, de lo inmaterial, de ese mundo invisible legado por el platonismo. Como dice Peter Kreeft:

Las balas o el cáncer no matan pensamientos o amores, solo órganos.[27]

CONCLUSIÓN

La guerra, el dolor y la muerte son las consecuencias de haber abandonado el sentido, la trascendencia, el plano metafísico y moral para poder juzgar lo bueno de lo malo. Sin universales que conocer el ser humano está aislado con su yo subjetivo; la conclusión forzada a la que nos lleva asumir la cosmología platónica es a la equivalencia armónica entre el objeto y su forma. Si rompemos esta adecuación metafísica, lo único que queda es la subjetividad, pero nunca podremos llegar a alcanzar una verdad metafísica superior. El individuo queda anclado y confinado por completo con su subjetividad, pues el telos y el significado, como decíamos al principio, son elementos que no podemos inventar, solo los podemos descubrir.

Europa se haya en una crisis moral. Este es el diagnóstico final que hace Peter Kreeft sobre el mundo moderno, algo similar a lo que Ortega y Gasset anunció en La rebelión de las masas. El capitalismo más libertario es la consecuencia política de haber abandonado el significado, de haber adoptado el materialismo como único motivo explicativo de la realidad y haber caído presos de un nominalismo que, aplicado al ser humano, atomiza al individuo y disuelve por completo los lazos humanos. El materialismo reduccionista, el nominalismo, el relativismo moral y el rechazo de las tesis platónicas, son los elementos perfectos para la disolución de la identidad de los distintos pueblos. El traslado de estas tesis a la política ha configurado una realidad tecno – capitalista que sume al sujeto en un individualismo extremo, donde él se cree capaz de ser la medida de todas las cosas tal y como anunció Protágoras, y se afirma a sí mismo como capaz de crear sus propios valores. Podemos ver esta idea a través de la cual el ser humano, fruto del racionalismo impuesto por la modernidad, ya no se conforma con entender la realidad y contemplarla, el sujeto moderno quiere dominar la materia, transformarla a su antojo. Quiere saberse dueño del mundo y de la realidad. El sujeto neoliberal es el ejemplo perfecto de este mundo moderno. Ese sujeto capaz de auto-determinarse a sí mismo es el sujeto nominalista, que no acepta la existencia de universales y que por ello cree que la razón es caprichosa y arbitraria.

En nombre de la emancipación y la autonomía individual, el ser humano occidental europeo impone su significado subjetivo y arbitrario de las cosas. Habiendo rechazado los universales, al sujeto neoliberal solo le queda la subjetividad acerca de lo que él decida ser, y los valores morales son de este modo relativos. Es ese superhombre nietzscheano capaz de crear sus propios valores que pretende matar a Dios. Pero hay algo que para el sujeto neoliberal pasa desadvertido muy frecuentemente, y es que cuando aniquila la trascendencia, cuando acaba con la noción de universal, cuando, en definitiva, mata a Dios, el trono no se queda vacío. El trono está ocupado constantemente por lo que el sujeto crea que es el nuevo Dios. Unos ponen a la ciencia, otros ponen al Estado, otros ponen su identidad, pero el trono nunca se queda vacío. En las democracias occidentales europeas, el hombre relativista ha optado por endiosar al Estado tecno-capitalista. La identificación del sujeto capitalista con el Estado es algo a lo que el individuo se aferra con suma facilidad, de ahí que necesitemos una moral recia, que nos permita saber y conocer que un pueblo inmoral escogerá líderes políticos semejantes en su inmoralidad. Por fortuna, en lo más profundo de su ser, el hombre todavía es capaz de recuperar el sentido y encontrar la salida del laberinto nihilista. Esa tarea pasa por encontrar nuestro religare, por encontrar nuestro sentido, nuestro telos, aquello que nos une, volver a entender la naturaleza en lugar de dominarla, por recuperar la verdad de las cosas, su esencia. No es una tarea fácil, pero por suerte vendrá sola, porque como dijo un sabio: “la verdad se impone sola, solo las mentiras necesitan la subvención del Gobierno”.[28]

BIBLIOGRAFÍA

-        Feser, E. (2017) Cinco pruebas de la existencia de Dios. Ed. Cor Iesu. Toledo.

-        Huemer, M (2021). Knowledge, reality, and value: A mostly common sense guide to philosophy. Independently published

-        Kreeft, P. (2009) Relativismo: ¿Relativo o absoluto? Ed. Universidad Francisco de Vitoria. Madrid.

-        Kreeft, Peter (2016). The Platonic tradition. South Bend, Indiana: St. Augustine's Press

-        Nagel, T. (1974). What is it like to be a bat? Philosophical Review, 83 (4), 435 – 450

-        Nagel, T. La mente y el cosmos: Por qué la concepción neo-darwinista materialista de la naturaleza es, casi con toda certeza falsa. Ed. Biblioteca nueva. Madrid.

-        Platón. (2009). La República. Ed. AKAL. Madrid.

 



[1] Kreeft, P. (2009) Relativismo: ¿Relativo o absoluto? Ed. Universidad Francisco de Vitoria. Madrid. p 15

[2] Kreeft, Peter (2016). The Platonic tradition. South Bend, Indiana: St. Augustine's Press. p 14

[3] VÉASE Kreeft, Peter. Op. cit., p 24

[4] Kreeft, Peter. Op. cit., p 26

[5] Nagel, T. (2014) La mente y el cosmos: Por qué la concepción neo-darwinista materialista de la naturaleza es, casi con toda certeza falsa. Ed. Biblioteca nueva. Madrid. p 82.

[6] VÉASE Nagel, T. Op. cit., p 85

[7] Nagel, T. Op. cit., p 86

[8] Nagel, T. Op. cit., p 90

[9] Nagel, T. Op. cit., p 91

[10] Nagel, T. Op. cit., p 91

[11] Nagel, T. Op. cit., p 92

[12] Nagel, T. Op. cit., p 92

[13] Kreeft, P. (2009) Relativismo: ¿Relativo o absoluto? Ed. Universidad Francisco de Vitoria. p 54

[14] Huemer, M (2021). Knowledge, reality, and value: A mostly common sense guide to philosophy. Independently published. p 235

[15] VÉASE. Huemer, M. Op. cit., p 240

[16] Huemer, M. Op. cit., p 241

[17] Nagel, T. (1974). What is it like to be a bat? Philosophical Review, 83 (4), 435 - 450

[18] Kreeft, P. (2009) Relativismo: ¿Relativo o absoluto? Ed. Universidad Francisco de Vitoria. Madrid. p 175.

[19]VÉASE. Kreeft, P. Op. cit., p 97

[20] Kreeft. P. Op. cit., p 129

[21] Kreeft. P. Op. cit., p 125

[22] Kreeft. P. Op. cit., p 133

[23] Kreeft, Peter (2016). The Platonic tradition. South Bend, Indiana: St. Augustine's Press. p 71

[24] Feser, E. (2017) Cinco pruebas de la existencia de Dios. Ed. Cor Iesu. p 73.

[25] VÉASE. Feser. E. Op. cit., p 74.

[26] Kreeft, P. (2009) Relativismo: ¿Relativo o absoluto? Ed. Universidad Francisco de Vitoria. p 179

[27] Kreeft, Peter (2016). The Platonic tradition. South Bend, Indiana: St. Augustine's Press. p 120

[28] Seagram’s España. (2019, 12 julio). Cap. 1 - ¿Quién decide la verdad? Con Antonio Escohotado y Marta Peirano. [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=XjMKV_mYRmg (29:27-29:35)

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