LA FILOSOFÍA ANARQUISTA DETRÁS DE LA APROXIMACIÓN DEL BLOOM. INTRODUCCIÓN EXPLICATIVA DEL TIQQUN.

 

LA FILOSOFÍA ANARQUISTA DETRÁS DE LA APROXIMACIÓN DEL BLOOM. INTRODUCCIÓN EXPLICATIVA DEL TIQQUN.

 

 

 

ÍNDICE

 

INTRODUCCIÓN AL ESTADO Y A LA GUERRA.. 1

EL BLOOM... 2

DEVENIR HOSTILES, DEVENIR LIBRES. 3

EL PUNTO DE PARTIDA.. 4

 

 

INTRODUCCIÓN AL ESTADO Y A LA GUERRA

 

«A cada instante de su existencia, la policía recuerda al Estado la violencia, la trivialidad y la oscuridad de su origen.»

 

Estas son las palabras de Walter Benjamin extraídas de su obra “Para una crítica de la violencia” que nos ponen de frente con la configuración estatal de la modernidad tardía en la que nos situamos. Muchas son las interpretaciones que podemos extraer de estas palabras. En primer lugar, que el Estado nace para poner fin a una guerra, lo cual indica que la guerra es previa al Estado. Ante esta situación, el Estado se auto-percibe a sí mismo como instancia superior, que adquiere el monopolio legítimo de la violencia con el objetivo, ideal, de garantizar la seguridad del uno. ¿El precio a pagar? Nuestra libertad. El Estado moderno no surge por tanto como como una unidad orgánica cuyo interés máximo es el de salvaguardar y recomponer los lazos rotos de las comunidades, sino como máquina de guerra, una artificialidad consciente de poder y represión. El Estado moderno, cuya pretensión inicial era poner fin a la guerra, es más bien su continuación por otros medios. El momento clave de la perversión estatal lo encontramos en la absorción de la auctoritas por la potestas. El Estado reclamó para sí mismo el monopolio del poder y de la verdad moral por medio del positivismo jurídico: si lo dice la ley, es bueno, y por tanto legítimo. Al no haber autoridad externa que pueda poner en jaque las constantes perversiones del aparato estatal, es cuando éste se torna violento. En un segundo momento se conceptualiza al bio-poder no como un mero instrumento al servicio de, sino como un síntoma, uno de los muchos, lo cual es algo francamente inquietante en tanto que nos encontramos de frente con una violencia fundadora y al mismo tiempo conservadora del derecho. Es la guerra, la conquista, el saqueo, la guerra de guerrillas la que crea un determinado orden y, sin embargo, el bio-poder actúa con los mismos medios con el objetivo, precisamente, de evitar la guerra. Nótese la flagrante contradicción que supone combatir la guerra y la violencia civil desde un aparato estatal cuyo origen no es otro que la guerra y la violencia civil, a la vez que este aparato se dispone de los medios más violentos a su alcance para mantener… ¿la paz? La mayoría de personas define la paz como ausencia de guerra. Esto es una definición negativa de la paz, y tiene implicaciones catastróficas desde el punto de vista socio-político. La paz no es una forma – de – vida, sino más bien un intervalo que no exige justicia, igualdad o sentido. Definir la paz como ausencia de guerra pone la venda en los ojos a las distintas formas – de -  vida con el objetivo de opacar el desenfreno brutal que supone el enfrentamiento armado que, afirmamos, es real. Hemos hecho que la violencia sea invisible, y ahora la violencia se viste con múltiples capas que pretenden confundir y aletargar a las distintas formas – de - vida. Ahora la violencia policial es orden, la precariedad es normalidad, el sufrimiento un simple daño colateral. Todo ello se suma, se condensa, se acumula encima del concepto y lo mantiene invisible. No hay violencia porque no la vemos. Ver es una acción, un fenómeno complejo, pues exige del sujeto mantenerse en vilo, estar consigo mismo partiendo de la nada. Es por esta dificultad que donde antaño observábamos brutalidad policial, simplemente ahora vemos el cumplimiento de la ley. Donde veíamos malversación y saqueo institucional, solo atendemos una contribución a las arcas públicas. Donde hay gestión y vigilancia, ahora nos engañamos, y decimos que tenemos libertad. ¿Guerra? ¿Qué guerra? No vemos trincheras, no vemos desfiles ni estandartes, no vemos soldados evacuar de civiles las calles arrasadas, no vemos campamentos, ni balas enquistadas en los muros. Tampoco vemos alambres de espinas, amputaciones de miembros, gangrenas, barrigas hinchadas, cadáveres acumulados en cunetas, gritos de dolor, ausencia de medicinas, familias rotas, hombres marchando al frente, mujeres violadas por soldados embrutecidos… ¿Quién podría decir entonces que estamos en guerra? Bien haríamos en saber que cuando no hay guerra declarada, la guerra, sin embargo, continúa por otros medios y categorías. El bio-poder, la policía, recuerda a cada instante su origen, lo recuerda y lo tiene presente en cada momento. Allí donde la paz es ausencia de guerra, aquí es otra cosa; aquí la paz en el sentido negativo tal y como la hemos definido, no protege las formas de vida, lo único que protege es la circulación de todo un engranaje gigantesco de violencia invisible contra las formas de vida. La paz no es sino un arma del poder, la más letal de todas ellas. Es por eso que podemos afirmar que la guerra, y concretamente la guerra civil, es el modo de vida del Estado. La “paz” definida como ausencia de guerra es una guerra permanente. ¿Guerra contra qué, o contra quién?

EL BLOOM

 

Ante la enorme confusión que presenta lo ontológico del uno, se coloca un velo que le aparta de la vida y de su libre juego, haciéndola de este modo, a todas luces, imposible. La modernidad tardía ha dado lugar a una condición producida que permanece velada, coartada y coaccionada. No estamos hablando aquí del sujeto definido por Ortega y Gasset, no se trata propiamente de la infatuación del sujeto carente de individualidad propia del hombre masa. De lo que estamos hablando es de una figura conceptual que nombra una condición existencial concreta del sujeto político. Se trata por tanto de una figura impersonal, frente a la figura moral que define Ortega y Gasset. Esta figura impersonal tiene a bien definirse como Bloom. El Bloom es un término acuñado por Leopold Bloom, y se trata de una forma de vida que ha sido despojada de sus cualidades y re-producida por la modernidad tardía. En el fondo, todos somos un poco como Leopold, pues todos somos “hijos” del Estado. Todos estamos atravesados por la gran ciudad, todos hemos sido, hablando en términos heideggerianos, arrojados al mundo, a la sociedad. El yo auténtico ante el que se despliegan las distintas formas de vida es el espíritu vivo olvidado por la represión; ese espíritu fugaz, lleno de vida que ha sido disuelto, aniquilado. Ahora solo es un sujeto vacío, integrado y gestionado por normas sociales y técnicas económicas que no conoce. No obstante, no todo está perdido para el Bloom. Pues precisamente por no poseer una identidad y categoría fija, se presenta como punto de partida de algo novedoso. He aquí la eterna paradoja del Bloom. Atendemos a nuestras contradicciones al afirmar que un sujeto gestado y gestionado por el Estado, despojado de identidad, sea capaz de presentarse a sí mismo como punto de partida para una fuga hacia lo indeterminado, hacia la ingobernabilidad latente del uno. No se trata de una respuesta sociológica, la respuesta es ontológica y política. El Bloom no tiene nada que perder, está sustraído de toda pertenencia sustancial, y por eso mismo, no está atado a nada. La gestión estatal del Bloom produce roles, flujos y devenires prefabricados que no pueden generar una forma de vida propia. Precisamente por esto último, el Bloom no adopta una postura que podamos tildar de resistencia activa, pero tampoco es una adhesión firme a los límites estructurales del Estado; el Bloom está en una zona de indeterminación. La ciudad moderna produce en él indiferencia ante todo lo que tiene que ver con el uno, y a su vez esas mismas condiciones generan encuentros no prediseñados que permiten construirse de manera no gobernable. Hablamos de construcción porque es en el encuentro con la otredad donde el Bloom puede afirmarse por fin a sí mismo y donde su poder queda liberado, porque es en el encuentro donde puede desplegar formas de vida no integradas. Y es ahí donde el Bloom vive sin modelo, sin fijación, norma o legitimación. No podemos hablar de deconstrucción porque el Bloom no es una identidad per se, el Bloom no puede a partir del encuentro con otros cuerpos que generen formas de vida generar a su vez una conciencia con poder emancipador que produzca una nueva identidad. No se trata de un proceso sino de un nuevo régimen de existencia, puesto que en todo momento el Bloom habla de ruptura, no de conversión, una ruptura que solo puede suceder en el ámbito de lo común, donde puedan desplegarse las distintas formas de vida. En el momento en el que entran en liza las distintas formas de vida es cuando el Bloom ya no tiene razón de ser, porque las condiciones que lo mantenían ensimismado como ser posible desaparecen y simplemente deja de operar.

Como afirma Tiqqun, “la unidad humana elemental no es el cuerpo, el individuo, sino la forma de vida”. No obstante, no se niega la corporalidad del uno, el Bloom no carece de cuerpo, sino de cuerpo vivido y vívido. Precisamente porque el Bloom tiene cuerpo, es en el cuerpo donde se da la ruptura. La gran ciudad produce cuerpos que no se tocan, que no habitan el tiempo, que no se cohesionan de manera vívida los unos con los otros. Estos cuerpos del Bloom son visibles, pero no vulnerables, están protegidos. No obstante, siempre hay subterfugios donde en la ocupación de espacios se pueden producir encuentros entre cuerpos que interactúan. Para el Bloom, el encuentro con la otredad es el que cambia el régimen de existencia del cuerpo; no es que el Bloom a partir del encuentro con otro cuerpo se transforme como sujeto, sino que su corporalidad deja de ser instrumento del Estado, porque genera vínculos, hábitos y afectos que en un territorio experiencial no dependen de normas externas. Hemos generado formas de vida a través del encuentro, donde lo común se teoriza y se practica, y ahora nuestro riesgo y vulnerabilidad es potencial constructivo de resistencia ontológica. El Bloom deja de ser gobernable allí donde se generan formas de vida, y el bio-poder pierde todo efecto sobre la experiencia inmediata de nuestra forma de vida.

DEVENIR HOSTILES, DEVENIR LIBRES.

 

Las formas de vida, cuando se encuentran, están abiertas a la guerra civil, porque están abiertas a la hostilidad. Y que no se me malinterprete, las formas de vida no se enfrentan como se enfrentan los Estados modernos de forma violenta, la violencia en el libre juego de formas de vida, se presenta como aquello que se le ha desposeído al uno, y que ahora es tiempo de reapropiarse. La hostilidad entre formas de vida, por su parte, simplemente solo atestigua la no relación previa entre formas de vida. Cuando dos cuerpos se encuentran, se da hostilidad, pero no por fundar una relación, sino precisamente por su ausencia de relación. Tiqqun dice:

Ciertos cuerpos van juntos, tienden, se inclinan el uno hacia el otro: hay entre ellos comunidad. Otros se repelen, no se componen, desentonan. En la comunidad de cada forma-de-vida tienen cabida también comunidades de cosas y de gestos, comunidades de hábitos y de afectos, una comunidad de pensamientos.

Pensamientos que no tienen por qué ser compartidos. De ahí que el libre juego de formas de vida esté abierto a la posibilidad de devenir guerra civil, y solo eso ya es un ejercicio de libertad más grande que el que nos han proporcionado todos los Estados a lo largo de la historia. Pero este libre juego es solo posible cuando el Estado ha quedado despojado de todo su poder. Cuando en el contacto entre formas de vida se genera hostilidad en el seno de una comunidad política, aquello implica que el posible hostis puede ser identificado, ya que el Bloom ha sido despojado de todo su régimen e implicaciones. Hay vitalidad, hay riesgo, hay formas de vida que se encuentran y que precisan del libre juego, y aparece la hostilidad como conocida plenamente, como singularidad. La hostilidad produce amistad o enemistad. Que la amistad o la enemistad sea producto del encuentro con la hostilidad, quiere decir que hay realidades afectivas, que el libre juego de formas de vida puede ser elaborado. Contrariamente a la fijeza del Estado moderno, a su inmutabilidad, aquello indica que el carácter firme y permanente del Estado impide el libre juego de formas de vida, y podemos afirmar que, efectivamente, la transposición es un hecho consumado: el Estado es la guerra civil. No es que simplemente el Estado obstaculice el libre juego de formas de vida encapsulando al ser del uno en el cuerpo del Bloom, sino que también trabaja de forma mecánica y violenta para romper las formas de vida y extraerles su nula vida.

EL PUNTO DE PARTIDA

 

Nuestro punto de partida es claro, el Estado moderno ha corrompido los cimientos de la sociedad libre hasta el punto en que ha puesto a cada uno en guerra contra sí mismo. De modo que, cuanto más se constituyen las sociedades en Estados, más se incorporan los sujetos a la auto-vigilancia, al control absoluto de la contención de emociones, hábitos, afectos y formas de vida. Identificarse como sujeto político dentro de un Estado, implica necesariamente ser un producto que deje de lado sus pasiones e intereses, y dotarse de los intereses que el Estado considere oportunos. Por esto mismo, la historia del Estado es la historia de la guerra contra los cuerpos y sus posibilidades de devenir. El Estado configura el individuo atomizado, sin lazos comunitarios naturales a los que aspirar, como modelo a seguir. Es por el terror al abandono de los cuerpos que el Estado ha llegado a contener a cada uno en su yo, en su mismidad, en su cuerpo. Pero nos hemos liberado; nosotros que nos mantenemos en contacto con nuestra propia potencia, somos ya una amenaza para todas las normas y dispositivos vertebradores del Estado. Por eso reclamamos que las amistades, las enemistades, los libres juegos de formas de vida se desplieguen, que la posibilidad libre de generar amistad y enemistad sea algo que el Estado no imponga ni juzgue mediante técnicas encarceladoras, violentas, represivas o condenables. Que la violencia que los estados democráticos y bio-políticos ejercen sea reapropiada y devolvamos cada uno de los golpes por medio de la desobediencia civil. Que nuestros cuerpos se agreguen en máquinas de guerra en las que la posibilidad de devenir sea algo latente en nuestro ser, que cada cuerpo potencie al máximo el final de su forma de vida y que éstas se constituyan en comunidad, y de comunidad en mundo, en sistema operativo.

 

 


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