LA FILOSOFÍA ANARQUISTA DETRÁS DE LA APROXIMACIÓN DEL BLOOM. INTRODUCCIÓN EXPLICATIVA DEL TIQQUN.
LA
FILOSOFÍA ANARQUISTA DETRÁS DE LA APROXIMACIÓN DEL BLOOM. INTRODUCCIÓN EXPLICATIVA DEL TIQQUN.
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
AL ESTADO Y A LA GUERRA
DEVENIR
HOSTILES, DEVENIR LIBRES.
INTRODUCCIÓN AL ESTADO Y A LA GUERRA
«A
cada instante de su existencia, la policía recuerda al Estado la violencia, la
trivialidad y la oscuridad de su origen.»
Estas son las palabras de
Walter Benjamin extraídas de su obra “Para
una crítica de la violencia” que nos ponen de frente con la configuración estatal
de la modernidad tardía en la que nos situamos. Muchas son las interpretaciones
que podemos extraer de estas palabras. En primer lugar, que el Estado nace para
poner fin a una guerra, lo cual indica que la guerra es previa al Estado. Ante
esta situación, el Estado se auto-percibe a sí mismo como instancia superior,
que adquiere el monopolio legítimo de la violencia con el objetivo, ideal, de
garantizar la seguridad del uno. ¿El precio a pagar? Nuestra libertad. El
Estado moderno no surge por tanto como como una unidad orgánica cuyo interés
máximo es el de salvaguardar y recomponer los lazos rotos de las comunidades,
sino como máquina de guerra, una artificialidad consciente de poder y
represión. El Estado moderno, cuya pretensión inicial era poner fin a la
guerra, es más bien su continuación por otros medios. El momento clave de la
perversión estatal lo encontramos en la absorción de la auctoritas por la potestas.
El Estado reclamó para sí mismo el monopolio del poder y de la verdad moral por
medio del positivismo jurídico: si lo dice la ley, es bueno, y por tanto
legítimo. Al no haber autoridad externa que pueda poner en jaque las constantes
perversiones del aparato estatal, es cuando éste se torna violento. En un
segundo momento se conceptualiza al bio-poder
no como un mero instrumento al servicio de, sino como un síntoma, uno de los
muchos, lo cual es algo francamente inquietante en tanto que nos encontramos de
frente con una violencia fundadora y al mismo tiempo conservadora del derecho. Es
la guerra, la conquista, el saqueo, la guerra de guerrillas la que crea un determinado
orden y, sin embargo, el bio-poder
actúa con los mismos medios con el objetivo, precisamente, de evitar la guerra.
Nótese la flagrante contradicción que supone combatir la guerra y la violencia
civil desde un aparato estatal cuyo origen no es otro que la guerra y la
violencia civil, a la vez que este aparato se dispone de los medios más
violentos a su alcance para mantener… ¿la paz? La mayoría de personas define la
paz como ausencia de guerra. Esto es una definición negativa de la paz, y tiene
implicaciones catastróficas desde el punto de vista socio-político. La paz no
es una forma – de – vida, sino más bien un intervalo que no exige justicia,
igualdad o sentido. Definir la paz como ausencia de guerra pone la venda en los
ojos a las distintas formas – de - vida con
el objetivo de opacar el desenfreno brutal que supone el enfrentamiento armado
que, afirmamos, es real. Hemos hecho que la violencia sea invisible, y ahora la
violencia se viste con múltiples capas que pretenden confundir y aletargar a
las distintas formas – de - vida. Ahora la violencia policial es orden, la
precariedad es normalidad, el sufrimiento un simple daño colateral. Todo ello se
suma, se condensa, se acumula encima del concepto y lo mantiene invisible. No hay
violencia porque no la vemos. Ver es una acción, un fenómeno complejo, pues
exige del sujeto mantenerse en vilo, estar consigo mismo partiendo de la nada. Es
por esta dificultad que donde antaño observábamos brutalidad policial,
simplemente ahora vemos el cumplimiento de la ley. Donde veíamos malversación y
saqueo institucional, solo atendemos una contribución a las arcas públicas. Donde
hay gestión y vigilancia, ahora nos engañamos, y decimos que tenemos libertad. ¿Guerra?
¿Qué guerra? No vemos trincheras, no vemos desfiles ni estandartes, no vemos
soldados evacuar de civiles las calles arrasadas, no vemos campamentos, ni balas
enquistadas en los muros. Tampoco vemos alambres de espinas, amputaciones de
miembros, gangrenas, barrigas hinchadas, cadáveres acumulados en cunetas,
gritos de dolor, ausencia de medicinas, familias rotas, hombres marchando al
frente, mujeres violadas por soldados embrutecidos… ¿Quién podría decir
entonces que estamos en guerra? Bien haríamos en saber que cuando no hay guerra
declarada, la guerra, sin embargo, continúa por otros medios y categorías. El bio-poder, la policía, recuerda a cada
instante su origen, lo recuerda y lo tiene presente en cada momento. Allí donde
la paz es ausencia de guerra, aquí es otra cosa; aquí la paz en el sentido
negativo tal y como la hemos definido, no protege las formas de vida, lo único
que protege es la circulación de todo un engranaje gigantesco de violencia
invisible contra las formas de vida. La paz no es sino un arma del poder, la
más letal de todas ellas. Es por eso que podemos afirmar que la guerra, y
concretamente la guerra civil, es el modo de vida del Estado. La “paz” definida
como ausencia de guerra es una guerra permanente. ¿Guerra contra qué, o contra
quién?
EL BLOOM
Ante la enorme confusión
que presenta lo ontológico del uno, se coloca un velo que le aparta de la vida
y de su libre juego, haciéndola de este modo, a todas luces, imposible. La modernidad
tardía ha dado lugar a una condición producida que permanece velada, coartada y
coaccionada. No estamos hablando aquí del sujeto definido por Ortega y Gasset,
no se trata propiamente de la infatuación del sujeto carente de individualidad
propia del hombre masa. De lo que estamos hablando es de una figura conceptual
que nombra una condición existencial concreta del sujeto político. Se trata por
tanto de una figura impersonal, frente a la figura moral que define Ortega y
Gasset. Esta figura impersonal tiene a bien definirse como Bloom. El Bloom es
un término acuñado por Leopold Bloom, y se trata de una forma de vida que ha
sido despojada de sus cualidades y re-producida por la modernidad tardía. En el
fondo, todos somos un poco como Leopold, pues todos somos “hijos” del Estado.
Todos estamos atravesados por la gran ciudad, todos hemos sido, hablando en
términos heideggerianos, arrojados al mundo, a la sociedad. El yo auténtico
ante el que se despliegan las distintas formas de vida es el espíritu vivo
olvidado por la represión; ese espíritu fugaz, lleno de vida que ha sido
disuelto, aniquilado. Ahora solo es un sujeto vacío, integrado y gestionado por
normas sociales y técnicas económicas que no conoce. No obstante, no todo está
perdido para el Bloom. Pues precisamente por no poseer una identidad y
categoría fija, se presenta como punto de partida de algo novedoso. He aquí la
eterna paradoja del Bloom. Atendemos a nuestras contradicciones al afirmar que
un sujeto gestado y gestionado por el Estado, despojado de identidad, sea capaz
de presentarse a sí mismo como punto de partida para una fuga hacia lo
indeterminado, hacia la ingobernabilidad latente del uno. No se trata de una
respuesta sociológica, la respuesta es ontológica y política. El Bloom no tiene
nada que perder, está sustraído de toda pertenencia sustancial, y por eso
mismo, no está atado a nada. La gestión estatal del Bloom produce roles, flujos
y devenires prefabricados que no pueden generar una forma de vida propia. Precisamente
por esto último, el Bloom no adopta una postura que podamos tildar de
resistencia activa, pero tampoco es una adhesión firme a los límites
estructurales del Estado; el Bloom está en una zona de indeterminación. La ciudad
moderna produce en él indiferencia ante todo lo que tiene que ver con el uno, y
a su vez esas mismas condiciones generan encuentros no prediseñados que
permiten construirse de manera no gobernable. Hablamos de construcción porque
es en el encuentro con la otredad donde el Bloom puede afirmarse por fin a sí
mismo y donde su poder queda liberado, porque es en el encuentro donde puede desplegar
formas de vida no integradas. Y es ahí donde el Bloom vive sin modelo, sin
fijación, norma o legitimación. No podemos hablar de deconstrucción porque el
Bloom no es una identidad per se, el Bloom no puede a partir del encuentro con
otros cuerpos que generen formas de vida generar a su vez una conciencia con
poder emancipador que produzca una nueva identidad. No se trata de un proceso
sino de un nuevo régimen de existencia, puesto que en todo momento el Bloom
habla de ruptura, no de conversión, una ruptura que solo puede suceder en el
ámbito de lo común, donde puedan desplegarse las distintas formas de vida. En
el momento en el que entran en liza las distintas formas de vida es cuando el
Bloom ya no tiene razón de ser, porque las condiciones que lo mantenían
ensimismado como ser posible desaparecen y simplemente deja de operar.
Como afirma Tiqqun, “la unidad humana elemental no es el cuerpo,
el individuo, sino la forma de vida”. No obstante, no se niega la corporalidad
del uno, el Bloom no carece de cuerpo, sino de cuerpo vivido y vívido. Precisamente
porque el Bloom tiene cuerpo, es en el cuerpo donde se da la ruptura. La gran
ciudad produce cuerpos que no se tocan, que no habitan el tiempo, que no se cohesionan
de manera vívida los unos con los otros. Estos cuerpos del Bloom son visibles,
pero no vulnerables, están protegidos. No obstante, siempre hay subterfugios
donde en la ocupación de espacios se pueden producir encuentros entre cuerpos
que interactúan. Para el Bloom, el encuentro con la otredad es el que cambia el
régimen de existencia del cuerpo; no es que el Bloom a partir del encuentro con
otro cuerpo se transforme como sujeto, sino que su corporalidad deja de ser
instrumento del Estado, porque genera vínculos, hábitos y afectos que en un
territorio experiencial no dependen de normas externas. Hemos generado formas
de vida a través del encuentro, donde lo común se teoriza y se practica, y
ahora nuestro riesgo y vulnerabilidad es potencial constructivo de resistencia
ontológica. El Bloom deja de ser gobernable allí donde se generan formas de vida,
y el bio-poder pierde todo efecto sobre la experiencia inmediata de nuestra
forma de vida.
DEVENIR HOSTILES, DEVENIR LIBRES.
Las formas de vida, cuando se
encuentran, están abiertas a la guerra civil, porque están abiertas a la
hostilidad. Y que no se me malinterprete, las formas de vida no se enfrentan
como se enfrentan los Estados modernos de forma violenta, la violencia en el
libre juego de formas de vida, se presenta como aquello que se le ha desposeído
al uno, y que ahora es tiempo de reapropiarse. La hostilidad entre formas de
vida, por su parte, simplemente solo atestigua la no relación previa entre formas
de vida. Cuando dos cuerpos se encuentran, se da hostilidad, pero no por fundar
una relación, sino precisamente por su ausencia de relación. Tiqqun dice:
Ciertos
cuerpos van juntos, tienden, se inclinan el uno hacia el otro: hay entre ellos
comunidad. Otros se repelen, no se componen, desentonan. En la comunidad de
cada forma-de-vida tienen cabida también comunidades de cosas y de gestos,
comunidades de hábitos y de afectos, una comunidad de pensamientos.
Pensamientos que no
tienen por qué ser compartidos. De ahí que el libre juego de formas de vida
esté abierto a la posibilidad de devenir guerra civil, y solo eso ya es un
ejercicio de libertad más grande que el que nos han proporcionado todos los Estados a lo
largo de la historia. Pero este libre juego es solo posible cuando el Estado ha
quedado despojado de todo su poder. Cuando en el contacto entre formas de vida
se genera hostilidad en el seno de una comunidad política, aquello implica que
el posible hostis puede ser
identificado, ya que el Bloom ha sido despojado de todo su régimen e
implicaciones. Hay vitalidad, hay riesgo, hay formas de vida que se encuentran
y que precisan del libre juego, y aparece la hostilidad como conocida
plenamente, como singularidad. La hostilidad produce amistad o enemistad. Que la
amistad o la enemistad sea producto del encuentro con la hostilidad, quiere decir
que hay realidades afectivas, que el libre juego de formas de vida puede ser
elaborado. Contrariamente a la fijeza del Estado moderno, a su inmutabilidad,
aquello indica que el carácter firme y permanente del Estado impide el libre
juego de formas de vida, y podemos afirmar que, efectivamente, la transposición
es un hecho consumado: el Estado es la guerra civil. No es que simplemente el
Estado obstaculice el libre juego de formas de vida encapsulando al ser del uno
en el cuerpo del Bloom, sino que también trabaja de forma mecánica y violenta para
romper las formas de vida y extraerles su nula vida.
EL PUNTO DE PARTIDA
Nuestro punto de partida
es claro, el Estado moderno ha corrompido los cimientos de la sociedad libre
hasta el punto en que ha puesto a cada uno en guerra contra sí mismo. De modo que,
cuanto más se constituyen las sociedades en Estados, más se incorporan los
sujetos a la auto-vigilancia, al control absoluto de la contención de
emociones, hábitos, afectos y formas de vida. Identificarse como sujeto
político dentro de un Estado, implica necesariamente ser un producto que deje
de lado sus pasiones e intereses, y dotarse de los intereses que el Estado
considere oportunos. Por esto mismo, la historia del Estado es la historia de
la guerra contra los cuerpos y sus posibilidades de devenir. El Estado
configura el individuo atomizado, sin lazos comunitarios naturales a los que
aspirar, como modelo a seguir. Es por el terror al abandono de los cuerpos que
el Estado ha llegado a contener a cada uno en su yo, en su mismidad, en su
cuerpo. Pero nos hemos liberado; nosotros que nos mantenemos en contacto con
nuestra propia potencia, somos ya una amenaza para todas las normas y
dispositivos vertebradores del Estado. Por eso reclamamos que las amistades,
las enemistades, los libres juegos de formas de vida se desplieguen, que la
posibilidad libre de generar amistad y enemistad sea algo que el Estado no
imponga ni juzgue mediante técnicas encarceladoras, violentas, represivas o
condenables. Que la violencia que los estados democráticos y bio-políticos
ejercen sea reapropiada y devolvamos cada uno de los golpes por medio de la
desobediencia civil. Que nuestros cuerpos se agreguen en máquinas de guerra en
las que la posibilidad de devenir sea algo latente en nuestro ser, que cada
cuerpo potencie al máximo el final de su forma de vida y que éstas se
constituyan en comunidad, y de comunidad en mundo, en sistema operativo.

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